Conrad Hilton
El magnate hotelero


En los últimos noventa años, el apellido Hilton se ha convertido en sinónimo de hotel. Y no de uno cualquiera, por supuesto, sino de uno en plena conjunción con el lujo, el placer y la excelencia en la hospitalidad. Pero, ¿cómo nació esta cadena que hoy cuenta con más de 3400 hoteles en todo el mundo?


A quí, en Latinoamérica, podemos alojarnos en uno de los tantos Hilton desde hace poco más de medio siglo. El primer representante de la cadena en desembarcar fuera de los Estados Unidos, y en Latinoamérica, fue The Caribe Hilton, en San Juan de Puerto

Rico, allá por 1949. Cincuenta años más tarde, la cadena inauguraba su hotel número 458, en Buenos Aires, Argentina. Hoy, Latinoamérica cuenta con más de 50 hoteles en la región y en un plazo que no supera los cinco años, la compañía ha decidido apostar fuerte y sumar 150 hoteles nuevos con todas sus marcas registradas. Prueba de esto y a modo de ejemplo de su acelerada expansión, Hilton Worldwide confirmó que inaugurará cinco nuevos hoteles tan solo en Panamá entre 2010 y 2013. Antes de fin de año, ya estará disponible el Doubletree by Hilton Panama City, con 213 habitaciones; y para 2011, abrirán sus puertas The Panamera (el primero de la marca Waldorf Astoria Collection en Latinoamérica), Hilton Panamá y Hilton Garden Inn Panama; mientras que el Embassy Suites by Hilton Panama City abrirá sus puertas en 2013. Más de 1200 habitaciones en total. Asimismo, el próximo año, la marca hará su arribo a Santiago de Chile por primera vez con Hilton Garden Inn Santiago Airport. Y la lista sigue.

Quienes saben del desarrollo y crecimiento de la compañía, no dudan en atribuir su éxito al olfato, la agudeza, tenacidad y confianza de su fundador, Conrad Nicholson Hilton (1887-1979). Va aquí un recorrido por la historia del hombre que hizo un culto de la frase que lo acompañó siempre: "para obtener grandes logros, primero hay que tener grandes sueños".

Y ese primer gran sueño nos lleva a principio del siglo pasado y nos aloja en San Antonio, un pequeño pueblo minero en el territorio de Nuevo México, Estados Unidos. Allí vivía el joven Conrad, que con los años dejaría su impronta en la hotelería a nivel mundial. Hijo de August Hilton, un inmigrante noruego, el muchacho aprendió de su padre la cultura del trabajo y desde muy joven pequeño no solo lo ayudó en su almacén de ramos generales sino en cuanto emprendimiento se le ocurriera a Mr. Hilton. Justamente, el primer acercamiento de Conrad a la actividad hotelera se dio en su propia casa. Los Hilton eran una familia numerosa, Conrad era el segundo de ocho hermanos, y a medida de que los chicos iban creciendo, la casa se evidenciaba cada vez más grande. Fue así que August decidió alquilar algunos cuartos. Era tarea de Conrad acercarse a la estación de ferrocarril para darles la bienvenida a los visitantes y cargar las maletas hasta su casa, ubicada a unos pocos metros de la estación de trenes. Hasta aquí, éste era un trabajo más, como los tantos que había realizado junto a su padre, algunas veces en una oficina postal, y otras, en un banco, por ejemplo.

En busca de una mayor autonomía, a los 25 años, Conrad dio un golpe de timón, y cuando Nuevo México fue reconocido como estado, él fue electo legislador durante dos períodos. Aunque luego, la burocracia hizo el resto y el ambicioso joven decidió poner fin a su carrera política. Regresó a San Antonio con 3000 dólares en el bolsillo y deseos de abrir su propio banco. Y así lo hizo. Pero al poco tiempo los Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial y Conrad vendió todo para alistarse en el ejército. Allí estuvo hasta que le dieron de baja debido a la muerte de su padre en un accidente de tránsito. La guerra había hecho estragos con el negocio de la familia, así que, a los 31 años, Conrad dejó su pueblo natal para empezar nuevamente de cero, y siguiendo el consejo de un amigo, decidió probar suerte en Texas, lugar que en aquellos años experimentaba un verdadero auge petrolero.

Sacó pasaje a Cisco, un pequeño pueblo cerca de los campos petroleros, y allí intentó comprar nuevamente un banco: la negociación terminó frustrada, al igual que su ánimo. Abatido, cruzó una de las calles del pueblo y le llamó la atención la cantidad de gente que esperaba fuera del hotel Mobley para hacerse de una habitación.

Había que soñar a lo grande, así es que a los pocos días, el joven Hilton era el propietario de ese lugar que él mismo definió –años más tarde, en su autobiorafía “Be My Guest”(*)– como “una mezcla de una pensión de mala muerte y una mina de oro”. Dos principios guiaron su camino al éxito: “Digging for Gold” y “Esprit de corps". El primero hacía referencia al uso eficiente del espacio. Entre las innovaciones más inmediatas que implementó en el Mobley, redujo la recepción y convirtió el restaurant del hotel en habitaciones, ya que había muchos sitios donde comer en la ciudad y esto no le dejaba mucho dinero. También agregó más habitaciones con la subdivisión del salón de baile y la creación de un piso intermedio. El segundo principio tenía que ver con la motivación del personal para brindar un servicio de excelencia, responsabilizándolos por la satisfacción de los huéspedes durante sus estadías.

Así, con sus propias reglas, Hilton recuperó el dinero invertido en el Mobley en solo un año, y posteriormente adquirió dos viejos hoteles que se ocupó de restaurar: el Melba, en Ft. Worth, y el Waldorf, en Dallas. En 1925 se inauguró, también en Dallas, el primer hotel construido por el empresario y el primero que llevaría su nombre: Dallas Hilton Hotel (hoy, Dallas Hotel Indigo). Ese mismo año se casó con María Barrón, quien le daría tres hijos: Conrad Nicholson II, Barron William y Michael Eric. Las cosas marchaban convenientemente y a medida que la familia crecía, también lo hacía su negocio. Pero llegó el 29 de octubre de 1929 y en ese “martes negro” la bolsa se desplomó, dando origen a la Gran Depresión, la crisis económica mundial que tuvo implicancias en locales y ajenos. Durante esos años, Conrad Hilton se endeudó y tuvo que renunciar a muchas de sus propiedades. Y en medio de esos ajustes, se separó de su mujer.

Con el establecimiento del New Deal, en 1932, de manos del presidente Franklin Roosvelt, los Estados Unidos pusieron fin a la Gran Depresión, y para 1937, Conrad Hilton había cancelado todas sus deudas y era el propietario de ocho hoteles. Un año después extendería los límites de su incipiente imperio con la compra de su primer hotel fuera de Texas: el Sir Francis Drake de San Francisco, que costaba unos 4 millones de dólares y que, gracias a los efectos de la economía post depresión, lo obtuvo por 275 mil. Luego siguieron operaciones en Los Ángeles, y justamente allí, en la meca del cine, conoció a la actriz húngara Zsa Zsa Gabor, con quien se casó por civil y tuvo su primera hija mujer, Francesca. El matrimonio duró cuatro abriles, pero el status de celebrity que le había conferido esta última pareja a Conrad lo acompañaría siempre.

En lo sucesivo, la cadena hotelera se expandió hacia el este con la adquisición del hotel Roosevelt, de Nueva York; el Palmer House y el Stevens, por ese entonces el hotel más grande del mundo –ambos de Chicago-.

En 1946 se creó Hilton Hotels Corporation, y enseguida se convirtió en la primera cadena hotelera con operación en la bolsa de Nueva York. Ya consolidada como una marca, en 1949 se decidió la construcción de The Waldorf Astoria, en Nueva York. Y ese mismo año abrió sus puertas el primer Hilton fuera de los Estados Unidos: The Caribe Hilton, en Puerto Rico. Cuatro años más tarde, la cadena llegaría por primera vez a Europa de la mano de The Castellana Hilton, en Madrid, y al año siguiente haría la transacción inmobiliaria más grande de la época con la compra de The Statler Hotel Company, por la suma de 111 millones de dólares. De esta manera, su porfolio contaba con 28 hoteles.

En 1966 Conrad Hilton dio un paso al costado, y sucedido por su segundo hijo (sí, el abuelo de Paris), se reservó para él el cargo más alto dentro del consejo de Hilton Hotels Corporation. De todos modos, el patrono del imperio seguiría trabajando seis días a la semana. Aunque no todo era trabajo en su vida. A los 89 años, Conrad decidió pasar por el registro civil por tercera vez para casarse con Mary Frances Kelly. Lamentablemente, tres años después de esa celebración, el 3 de enero de 1979, los periódicos anunciaron su muerte. Y la mala noticia fue doblemente mala para Barron y sus hermanos, ya que en su testamento, Conrad había dejado toda su fortuna a la iglesia católica por tratarse de una persona muy religiosa. Abogados mediante, Barron pudo probar que él había hecho méritos suficientes para que Hilton Hotels contara con 185 hoteles en los Estados Unidos y 75 en el mundo. De amanera que una vez destrabada la cuestión legal, y ahora bajo el mando de su segundo hijo, la cadena siguió construyendo y comprando hoteles en todo el mundo. En 1999 Hilton Hotels acrecentó su porfolio de marcas, y en la actualidad administra más de 3400 hoteles, en 79 países, bajo diferentes nombres: Waldorf Astoria Hotels & Resorts, Conrad Hotels & Resorts, Hilton, Doubletree, Embassy Suites Hotels, Hilton Garden Inn, Hampton Inn & Suites, Homewood Suites by Hilton, Home2 Suites by Hilton y Hilton Grand Vacations.

En 2007, el gigante grupo hotelero cambió de manos. La empresa estadounidense Blackstone (propietaria de La Quinta Inns y LXR Luxury Resorts and Hotels, entre otros) compró la empresa en 26 millones de dólares. Y ese mismo año, el patriarca de la familia, el multimillonario Barron Hilton (hoy tiene 83), decidió seguir los pasos de su padre y dejar el 97% de su fortuna (valuada en 2.300 millones de dólares) a la fundación Conrad N. Hilton para obras de caridad. Sus bisnietas, Nicky y Paris, agradecidas.

Por Lorena Blázquez


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios