HONG-KONG
La isla del tesoro


El periodista Alfredo Serra y un relato sobre las peripecias de su estadía en El Cairo para pararse frente a uno de los misterios más grandes de la humanidad.


L a isla del tesoro, sí. Como la inmortal novela de Robert Louis Balfour Stevenson (1850-1894). Pero sin el capitán John Silver (Long era su apodo), su pierna de palo, su verde loro (Capitán Flint), y sin las codiciadas ¡piezas de a ocho! ¡piezas de a ocho! (como

gritaba el loro): doblones de oro. No. En la isla de Hong-Kong, perla invadida por la Corona inglesa en 1841 y devuelta a China en 1997, no hay piezas de a ocho, pero respira, rueda y se multiplica allí todo el oro del mundo. Convertido, en el siglo XIX, en opio, y en el XX y hasta hoy, en rascacielos al estilo Manhattan (el Plaza Center y el Banco de China), negocios inmobiliarios que no son cuento chino (entre 30 y 50 mil dólares norteamericano el metro cuadrado), más bancos de los que pueden contarse en un día, y joyerías con más oro y brillantes que las míticas minas del Rey Salomón. Tuve en mis manos, y en plena calle (casi no hay robos), un reloj de un millón de dólares… Consejos útiles, por si va; y en ese caso, vaya dispuesto a gastar una fortuna: invitado por un empresario chino, le vi pagar 500 dólares por una sopa de aleta de tiburón (abundante: para seis personas), 500 dólares, y hace trece años. Van los consejos. No fume en un taxi: si no pagará 400 dólares de multa; lleve escrita en chino (allí, dialecto de Cantón) la dirección de su destino: los taxistas no hablan otro idioma; no tire ni un mínimo papel en el suelo: pasará vergüenza; coma pescado, langosta y pato en cualquier sucucho callejero: todo es fresco y riquísimo; no se asombre ante las caravanas de Rolls Royce: la ciudad tiene la mayor cantidad per cápitadel planeta; viaje en subte sin temor a mugre, atrasos o paros sorpresivos: su red de 34 kilómetros es perfecta, pulcra, con aire acondicionado en las estaciones y en los vagones, y no empuje para subir o bajar, pues nadie tratará de ganarle de mano; no hay grafiti; los baños son más limpios que el quirófano de una onerosa clínica privada; los carteles de publicidad lucen iluminados como cuadros de una galería. Etcétera. Y no se asombre si su guía (en mi caso fue Wong, un empleado de banco) le dice que el subte es modesto. No miente. El de Singapur tiene estaciones de mármol adornadas, cada día, con orquídeas… Desde luego, como en casi todo el globo terráqueo, hay contrastes. Chinos que viven como emperadores y familias que viven, comen, aman, comercian y mueren en los sampanes (versión flotante de las villas miseria). Pero no por pobreza: por hábito cultural, por falta de espacio –isla chica: menos de mil kilómetros cuadrados (cinco veces nuestra Capital Federal) para siete millones de almas–, y por cero impuestos. Porque nada ama más un chino, después –o antes– de Buda y de Confucio, que el dinero… Contrastes, escribí. Uno, asombroso para ojos occidentales, son los andamios usados en la incesante construcción. Son de cañas de bambú: alimento esencial de los osos Panda (casi en dolorosa extinción), pero más fuertes que el acero, según me confió años después César Pelli, genio de la arquitectura. Una torre lujosa y de inspiración neoyorquina levantada entre andamios de cañas es cosa de ver, créanme. El siglo XXI y el X, juntos, como probando que no hay nada nuevo bajo el sol… Sigo. Hong-Kong no tiene reserva natural de agua: llega desde el continente. Vive de los servicios: 70 por ciento de sus ingresos. Su nuevo aeropuerto –una aeroísla– recibe cien millones de pasajeros por año. Está entre las cinco ciudades más seguras del mundo: la mayor dotación de policías de Oriente, y empatando con Occidente. Apenas 3 por ciento de desempleo e ídem de pobreza. Es el mayor consumidor de naranjas y de coñac (curioso mix) del mundo. Hay absoluta libertad comercial (paraíso de inversores): para abrir una sociedad anónima basta un documento y un depósito bancario –que puede ser prestado por el mismo banco–, y la operación se concreta en 10 minutos. Impuestos: solo el 16,5 a las ganancias. Por algo llegan a su puerto 20 millones de containers anuales, y estiman 40 para el 2016. Corrupción: cero; más vale no intentarla, porque los castigos son durísimos. No le temen al liberalismo manchesteriano… a pesar de pertenecer a la China todavía de signo comunista en los papeles, pero no en los negocios. Y bien. Se me acaba el espacio, pero no los recuerdos ni el rollo. Si quiere (la dirección de ROOMIN tiene la palabra), en la próxima le cuento la Fiesta Más Grande del Mundo: la devolución de Hong-Kong a China. En ese caso, gracias por esperarme. 

Por Alfredo Serra


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios