Punto panorámico
Libia: Diez días en el polvorín de Khadafi






E sta nota no fue enviada desde Trípoli ni desde Bengazi ni desde ninguno de los frentes en los que la desordenada y furiosa tropa rebelde y el ordenado y preciso fuego aliado de USA, la belle France y la Rubia Albión intentan decapitar a una de las tiranías más

largas del mundo árabe. Esta nota es la memoria de un viaje a Libia en el primer tercio de 1974 para cubrir, como enviado especial de GENTE, un ruinoso acuerdo petrolero entre el todopoderoso coronel Khadafi y el gobierno del último Perón (murió cinco meses después), firmado por el siniestro José López Rega. Pero esta nota no se detendrá en ese episodio.

Llegué al aeropuerto internacional de Trípoli, la capital, en una sofocante medianoche. Mala hora. Poco tranquilizante. En esos días (y años), Khadafi era el mayor exportador de terrorismo del planeta. Dos aviones estallados en el aire y decenas de bombas en escuelas, bares y mercados llevaban su firma. Nacido en una tienda beduina en 1942, a los 27 años derrocó, sin sangre, al viejo rey Idriss y –feroz enemigo de la democracia- construyó un poder omnímodo sobre dos pilares: el petróleo de su reino, uno de los más abundantes y puros del mundo, y el terror. Alojado en el hotel Libia Palace, mastodonte de 300 habitaciones donde los variados estilos se dan patadas en cada rincón, dormí como un anestesiado, pedí un desayuno, y la bandeja me dictó una síntesis económica del país: café de Brasil, manteca holandesa, mermelada griega, jugo de frutas de Colombia, todo barato; regalías logradas por los incesantes chorros de petróleo: 170 millones de toneladas en 1973, y reservas para más de medio siglo. Empecé a recorrer la ciudad (bellísima, sobre todo su puerto). Intenté hablar italiano, lengua que estudié y manejo decorosamente. Craso error: Libia fue colonia italiana entre 1911 y 1952, y cualquier palabra en la lengua de Dante es anatema, a pesar de que algunos vetustos carteles semiborrados todavía recordaban los años de la dominación. La calle repetía, en plan bestia (dicho español que me encanta), la bandeja del desayuno: autos italianos (el negocio anula el odio…), alemanes, ingleses, españoles, abriéndose paso en callejuelas de escasos dos metros de ancho. Luego, el zoco: uno de los mercados árabes más vastos del planeta: mil negocios (cifra exacta) que ofrecían desde un látigos para camellos, túnicas bordadas en oro, esmeraldas (falsas), y el último modelo de radiograbador japonés. Regla de oro: regatear hasta el agotamiento; el que paga sin pelear es tomado por estúpido. Al fin y al cabo, la paciente negociación es una marca en el orillo de la cultura árabe. Cada cuatro horas, el fárrago se llama a silencio: desde el moacir, torre cilíndrica de 30 metros, el sacerdote, con un grito gutural, desgarrador, llama a la oración, y todos sin excepción se arrodillan, clavan su frente en el suelo, hacia la Meca, oran largamente, y rematan su rezo con las milenarias palabras: “Pero Alá es más grande”. Dato para economistas de hoy: en esos días, una libra libia equivalía a cuatro dólares. Dato para turistas, cuando puedan ir (no hoy, claro): en febrero, a media tarde, el termómetro aúlla: 50 grados. Dato para fuertes bebedores: el alcohol, por razones religiosas, está ab-so-lu-ta-men-te prohibido; ni siquiera para digerir el cordero con salsa picante –plato nacional-, condenado al riego de una bebida dulzona e inocente que llaman bitter, y que es una ofensa para el auténtico bitter. Pueblo religioso hasta su última célula, se duerme a las diez de la noche: hora en que espectáculos y boites cierran a cal y canto. Dato para turistas desprevenidos: el Año Nuevo se celebra el 23 de enero, y los domingos se trabaja de sol a luna, porque los viernes son de brazos cruzados… Otras recorridas me denunciaron los inevitables contrastes: muchos pobres en país riquísimo, 50 por ciento de analfabetismo, viviendas precarias apenas reemplazadas por escasos monoblocks, gigantescos cementerios de automóviles por falta de repuestos y de obreros capaces de fabricarlos. Filosofía del use y tire… Y por fin, el último día, mi encuentro con el coronel, para la despedida. Alto (1,85), ataviado con uniforme militar tachonado de medallas, me abrazó y me besó, como a los demás periodistas, a la usanza árabe, y una sonrisa de oreja a oreja, aunque suene a lugar común. Abrazado a Khadafi, me sentí extraño y, de algún modo, estremecido. Estaba, piel con piel, con un tirano. Con un fabricante y exportador de terrorismo. Con el autor del Libro Verde (remedo del Libro Rojo de Mao) en el que había fijado un falso poder de masas…: el poder, el amo de vidas y muertes, de su inmensa riqueza y de la miseria de su pueblo, era él. O Él. Ese coronel –título autoconferido- que desde su Jamahiriya, su revolución, se quedaría más de cuatro décadas en el trono, rodeado de mujeres –sus amazonas-, viviendo a veces en un palacio y otras veces en una tienda beduina, acelerando su jeep especial hasta el límite: 150 kilómetros por hora, fumando los habanos más caros del mundo, fanático del fútbol, y dispuesto a mandar sobre su reino hasta que la muerte los separara. Ya en el punto final de esta memoria, no sé si la derrota o la muerte serán (o fueron ya) su inevitable destino: el fin que más tarde o más temprano aguarda a todos los tiranos, a todos los mesiánicos, a todos los que se creen dioses y apenas son hombres.

Por Alfredo Serra (*)

(*) Alfredo Serra es redactor jefe de la revista GENTE. Foto: gentileza de Editorial Atlántida.


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios