Piqueros en Galápagos

“Los piqueros patas azules de isla Garfield serán bobalicones, pero conocen súper bien sus técnicas darwinistas para la supervivencia de la especie”


L a rumana solitaria, tomando soft drink ecuatoriano con montón de ron, fue fichada por mí en el jacuzzi del Swissôtel, alojamiento high class de Quito. Tiene saunas y también jacuzzi, pero el segundo presenta la ventaja del unisex. Con pantalón de baño, de

acuerdo. Pero, bueno: aguas tibias en ámbito acotado son de todos modos vinculantes. Te conceden esa proxémica yes cuyas tácticas tan bien manejan los japoneses. La proxémica es la ciencia exacta del aproximarse el uno al otro dos humanos, provocándoles ganas de. O, en su defecto, indiferencia cool.

Yo no soy japonés, pero me las arreglo. Los dos en el jacuzzi, a los cuatro minutos, y en su idioma nacional, le coloqué a la rumana solitaria una frase que me enseñó Lila Cerna hace dos años en París. Lila es una mucama empulpadita del Cavour, un hotel mishu mishu en Montparnasse. Ser periodista te somete a estos altibajos residenciales: unas veces a Leadings Hotels de lujo; otras, a pensiones negras de un arrondisement oscuro. La frase que coloqué fue la siguiente: E o placere sa te gasesc intre bulbuci.”. “Multumesc”, me contestó sorprendida “¿Cómo supo que hablo rumano?” Tenía puesta una ínfima bikini y dientes algo afeados por el cigarrillo. Yo sabía que lo hablaba porque en el avión que nos trajo desde Santiago ella venía leyendo, fiché, un bestseller escrito en esa lengua por Virgil Georghiu, escritor centroeuropeo de los años cincuenta. Pero no entré detalles. “I know things I´m a connaisseur”, declaré así nomás, dejándola impresionada. Al cuete nomás porque tras el jacuzzi no pasó naranja. La reencontré recién en la cubierta de un barco que recorría las islas Galápagos en una excursión que ambos compartimos. Ella era una bióloga, se llamaba Nadia, vivía en Ptoiesti, leía a Rilke, le gustaba Wagner, chica culta. Este identikit se lo sonsaqué a Meier, RR.PP. de la empresa aérea. Ella, en el barco, simuló no reconocerme. Barco-hotel bien, bastante bien, hasta suntuoso. Con pasajeras casi todas rubias, con formatos casi todos XL y camareros que casi todos ya conocen al día siguiente tu apellido. Estas gringas vienen en patota con sus respectivos gringos, mayormente conyugales y anglicanos anti-obamas. Pero hay alguna que otra cuarentona suelta, siempre al acecho de que les ocurra algo. Algo contable pero con voz íntima al regresar a Eléi, Los Ángeles, o Jefferson- Missouri. De manera que en los after dinners hay que actuar con pies de plomo, detectarlas y esquivarles la tendencia querendona y camaronera que tarde o temprano se traduce en situaciones engorrosas. En eso estaba cuando en la cubierta, bajo las estrellas inconmensurables, me crucé con la bióloga del jacuzzi. Llevaba un vestidito algo huasipungo y se hizo la distraída, pero cuando le dije ciao en italiano, me sonrió y aceptó compartir un pisco en el bar. A partir de ahí la cosa ya vino de vamos a ver qué pasa. Este barco va de isla en isla, navegando por la noche, de manera que a la mañana la voz del capitán irrumpe en los camarotes “Buen día”, dice. “Good morning, bon giorno, gute morgen,wake up, levántense, nos encontramos frente a la isla Seymour, el desayuno está servido, los primeros desembarcos en la panga empezarán en una hora”. La panga siendo el bote que va y viene, transportando pasajeros a la tierra firme. Los desayunos en el comedor incluyen quesos, las famosas frutas tropicales –tan presentes según los sommeliers en los vinos argentinos– y la línea USA de los eggs en sus variantes más versátiles. Desde fritos sunny side up hasta omeleteados, poché, scrambled, pasados por agua y estrellados sobre waffles, a la florentina y po-Parisky, todos claramente de la estirpe gallina. La mañana en que pedí huevos de pingüino el camarero me miró torcido. “Los huevos de pingüino se incuban, no se comen”, dijo ecológico. No sé por qué en la fauna local de las Galápagos los pingüinos tienen coronita y las gallinas no. En su exigencia de comportamiento los guías son insistentes, sofocantes, excesivos. Para subir a la panga exigen que uno se abroche un salvavidas anaranjado. Pero bajo un cielo perplejo de nubes ecuatoriales, sin preguntar antes si alguien sufre de vértigo, después te hacen trepar más de doscientos escalones hasta un alucinante escenario lunar obsesivo, con docenas de conos volcánicos, gigantescas salpicadura y reflujos de pahoehoe, lava negra mezclada con cenizas eruptivas. Ahí las grandes USA rubias XL gringas escrutan con binoculares en la lejanía, cosas que cerca suyo pueden mirar perfecto a simple vista. El bicherío local, profuso e incesante no es apenas una consigna, ni un catecismo ni siquiera una liturgia, sino una absoluta teología conservacionista. Pero esas actitudes favorecen que Galápagos se mantenga un paraíso ecológico, atractivo insuperable. La confianza de los bichos que se relacionan libremente, yuxtaponen, se bifurcan, desarrollan, vuelan, nadan, nacen, mueren y vuelven a nacer; comen, van, vienen sin que nadie los intercepte ni amenace o, menos aún, agreda y canibalice. Procrean ahí nomás en la playita; y si alguien quiere mirar, que mire. Yo venía, te digo, distraído anotando estas cosas en mi libretita cuando no sé cómo evité llevarme por delante a un piquero bobo pata azul. Pico largo anaranjado, mirada intensa, antifaz negro, plumaje blanco y estaba ahí como bamboleándose para aquí, para allá, procurando me parece atraer mi atención. Criatura de la mar, pájaro raro, bobetón, divino, dormitando largo y calmo sobre el agua. Se despierta con el oleaje corto, desayuna lo que pesca pero sin perder de vista, allá en lo alto, el vuelo lerdo de una hembra. A la playa, a la playa, se va para la playa, donde otros machos, varios, miran asimismo para arriba, a la doncella rotativa voladora. Que retribuye rejune, reduce ala, amaga aterrizaje, todos los piqueros pata azul bobalicones, anhelosos. ¿Ganas de intimar intenso con la eventual aterrizante? Puede ser, pero no hay seguridad. Los piqueros son bobalicones, tienen comportamiento que ni los guías desentrañan. La hembra baja finalmente no muy lejos de los machos. Una carrerita, un batido de alas y ahí se queda. Nadie se levante de sus asientos hasta que la hembra no haya detenido totalmente sus turbinas. Las detiene y ahí empieza el chacoteo. Por turno los machos se le acercan en contoneo de bailanta: dos pasos para adelante, tres para atrás, uno al costado medio como chuequeando, un quiebre de caderas. “Están bailando” anoto en mi libreta. Levantan pata, la bajan; levantan otra, todo muy relantisseur. Por afuera la hembra mira cool; por adentro está que arde. Una vez que todos los bobetas completan show, ella elige varoncito predilecto, lo encara sin titubeo de ninguna especie y se lo bellaquea divinorum, un quickie que dura apenas lo que un puñado de polvo esparciéndose por el aire. Los demás machos bobetas hacen mutis resignado por el foro. Tras los cuales divinorums la hembra delimita territorio con excrementitos olorosos y va poniendo allí sus huevos, dos o tres cada quince días, los incuba treinta espera hasta que el polluelo más expeditivo pique su cáscara desde adentro y aparezca a la realidad del mundo. Ese, el primogénito, el bien amado, el único alimentado bien debute, el primero a proteger si aparece alimaña devorapichones. A los que nacen después, poca bola, trato kelper, morfi chirle, arreglátelas solo. ¿Demoraron en romper sus cáscaras? Embrómense, payucas lerdones. Están ahí el que nació segundo, el número tres y los demás otros, unas bolitas de plumas blancas desvalidas, desprotegidos de cariño. Y los padres, ni cinco. Caracho con estos padres: se me partía el alma. Consulté con Edison, guía principal de las Galápagos, la verdad sobre los pichones desvalidos. “Muy simple” dijo, como en otra. “A quien nace primero debemos protegerlo pues demostró ser el más fuerte, y contribuirá al mejoramiento de la especie. Los demás deben morir. Es una ley de la naturaleza.” Mrá vos Edison. Lo detesté un poquito. Ya es de noche y salgo a la cubierta. Estrellas miles, titilando y tiritando. De la nada aparece la rumana, toda blanca, con remera corta que deja entrever. “Te veo depre”, dictamina. Seguro, tengo dentro del alma la tristeza de ese piquerito que rompió la cáscara segundo. También tengo adentro dos pure malt de las Highlands, con chorrito de agua para relevar aromas. Se lo cuento todo tratando se mantenerme cool. Pero qué cool, a los dos minutos caigo en sus brazos buscando pecho fraterno para amainar congoja, tango. “You are drunk”, dictamina la bióloga. Le juré que no, le hice el cuatro, caminé sin desviarme sobre una tabla de la cubierta, le dije justo lo que quería decir o sea yo soy ese pajarito estúpido que de puro distraído rompió segundo el cascarón. Vuelvo a abrazarla y la rumana me apropincua un beso lenguaraz profundo, chau. Y si alguien quiere mirar, que mire. Pocas veces he dormido tan bien como esa noche en el camarote de una bióloga. Me tomó la presión, puso su oreja en mi espalda mientras yo repetía treintitrés e hicimos divinorum varias veces. En un barco es más fácil y más cómodo: uno descansa pánfilo nomás y las olas oceánicas nocturnas toman a su cargo la faena movimiento. A la mañana siguiente nos despertó la voz enérgica del capitán. “Buenos días, señoras y señores pasajeros, good morning, bon jour, gute morgen. Estamos anclados frente a la isla Santiago.”

Por Miguel Brascó


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios