Punto panorámico
La fiesta más grande del siglo XX




C umplo mi palabra. Otra vez Hong Kong (gracias al lector por esperarme). Entre el 29 y el 30 de junio, y el 1º de julio de 1997, sucedió en la isla encantada, la del tesoro perpetuo, la del incesante río de dólares, una fiesta casi inenarrable. Frente a ella, palidecieron

las coronaciones de reyes, las bodas reales, el carnaval carioca, el despliegue de los jeques, todo. Solo puede cederle el primer puesto al final de la Segunda Guerra Mundial, por obvias razones: el The End de la mayor tragedia del siglo XX es de una dimensión histórica que supera todo plano… Llovió, incesante, los tres días. No a cántaros: a océanos. Los cuartos de hotel con vista a la bahía se pagaron hasta 5 mil dólares por noche. Dólares norteamericanos, no hongkoneses: relación, 7 a 1. Se acreditaron ocho mil periodistas de todo el planeta. Iluminaron el cielo más de cien toneladas de fuegos artificiales. Desde el 30 hasta el 1º, nadie durmió: dos millones de almas barridas por el agua ambularon por las calles cercanas a la bahía. Un mes antes, todos los pasajes aéreos hacia Hong Kong desde cualquier punto se agotaron en horas. Solo el 30 se vendieron 100 mil paraguas: desde los made in Taiwán, por centavos; hasta los british dignos de Buckingham Palace, a cien dólares. Una semana antes, como si una manga de langostas omnívoras hubiera atacado la isla, no quedó una remera, un reloj, un pañuelo, ninguno de los miles de souvenirs del infinito merchandising. No menos de un millón de cámaras fotográficas y filmadoras se recalentaron por la pasión de inmortalizar el gran instante: los flashes se entrecruzaban como los haces de luz de las cámaras de seguridad de Fort Knox. Los 59 diarios de Hong Kong, Kowloon y los nuevos territorios desplegaron suplementos de no menos de cien páginas. El 95 por ciento de la multitud residente era chino; el resto, británico. Aquellos, eufóricos; éstos, melancólicos: perdían, después de 156 años de dominación, la perla más rica de la Corona.
Entremos en el túnel del tiempo… El 26 de enero de 1841, el capitán de la marina inglesa Charles Elliot invadió la isla (por entonces, el paraíso de los traficantes de opio), se ungió gobernador, y ni Mao ni la revolución cultural ni el más férreo comunismo grabado a fuego en el Libro Rojo pudieron contra ese poder. Recién el 19 de diciembre de 1984, China y Gran Bretaña acordaron que Hong Kong sería devuelta el primero de julio de 1997, pero mantendría su sistema capitalista por medio siglo más: en 2047. ¿Por qué tanto tiempo? A raíz, believe it or not, de la Guerra de las Malvinas. Reflexión del Celeste Imperio: ¿cómo arriesgar la gallina de los huevos de oro poniendo en fuga, vía comunismo, los inmensos capitales que recalan y se reproducen cada día en Hong Kong? Reflexión de Su Majestad Real: si un país militarmente débil como la Argentina generó semejante conflicto, ¿qué no sería capaz de hacer una súper potencia como China para cambiar las reglas del juego, y qué suerte correría la Corona contra el gigante si decidiera defender el statu quo con las armas? En términos de ajedrez… fue tablas. Curiosamente, ambos acudieron a una vieja verdad del mundo del teatro de Broadway: “Nunca te bajes de un éxito”.
 Y ahora, salgamos del túnel del tiempo. Sigue lloviendo. Ya está anclado en el puerto el Britannia, buque oficial de la Casa Real Inglesa. Trae al príncipe Carlos, y firmado el acuerdo se lo llevará junto a Chris Patten, el último gobernador british en la isla. Los pubs, los restaurantes, las calles y los mástiles lucen por primera vez la flamante bandera de la Hong Kong china, la hija pródiga: roja con cinco pétalos de bahuimia –blanca, la flor nacional- y una estrella roja dentro de cada pétalo. Hacia la noche, la primera de los tres días de gloria, los rascacielos que bordean la bahía –templos bancarios, lujosos monstruos de setenta o más pisos que recuerdan a Manhattan- desatan un armónico e incesante juego de luces que se reflejan sobre las aguas con todos los colores del iris. El destructor inglés Chatham hace sonar sus cañones como hace quince años en Malvinas, pero con proyectiles de salva; al mismo tiempo, en las avenidas, arden dragones gigantes rojos, verdes y azules tejidos con finísimo papel. Fuego y luces, luces y fuego. Y en la última noche, primer día de julio, desde los barcos chinos vuela hacia el negro cielo toda la sabiduría pirotécnica de los inventores de la pólvora. Cinco indescriptibles horas de fuegos artificiales en danzas, figuras y efectos jamás vistos ni imaginados por ojos occidentales. El 2 amaneció nublado, pero ya sin lluvia. La ciudad era un colosal  basurero de papeles, paraguas rotos, restos de comida, botellas vacías… pero a la noche todo estaba tan limpio y puro como la perla de una ostra, y el informe policial decía “cero delito”. Y no es un cuento chino: se lo juro por Confucio.

Por Alfredo Serra


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios