Alemania, Berlín – Hotel Adlon Kempinski
El milagro alemán

Guerras y guerras, ocupaciones, cortinas de hierro. Berlín fue la capital europea más convulsionada del siglo XX. Pero también la ciudad del lujo y el avance tecnológico. Las huellas quedan hoy en sus edificios. Un hotel pretende ser parte de esa historia.

E sto matará aquello.” En Nuestra señora de París, la fantasía de Victor Hugo, éstas eran las palabras que el obispo de Notre Dame pronunciaba señalando primero a un libro sobre su escritorio y luego hacia la catedral parisina a través de la ventana.

La arquitectura era la enciclopedia de los iletrados hasta que la palabra escrita conservó todo el conocimiento humano en un simple libro. Pero no en Berlín. Posiblemente porque su historia no puede ser puesta en palabras. Sobrepasa los libros y es, por momentos, inefable. En Berlín hay que abrir bien los ojos y dejar que la arquitectura hable: los edificios, los parques, los monumentos, los memoriales, los que están aún en pie y de los que solo quedan escombros, o incluso los que no dejaron más que lugares vacíos. Todos hablan y cuentan las historias de Berlín.

No solo se puede mirar, lo más fascinante es poder participar. Caminar por el barrio de Mitte hasta llegar a Alexanderplatz, donde se levanta la inmensa torre de televisión que el gobierno de la República Democrática de Alemania mandó a construir en 1969 a imagen y semejanza de la torre de Ostankino, en Moscú, aunque no tan alta. Subir hasta el observatorio que se encuentra a 200 metros de altura; o subir un poco más, hasta el restorán que gira 360 grados cada media hora y presenta una espectacular vista de toda la ciudad. O, simplemente, quedarse sentado al pie de la torre, tomando un café en Dunkin´ Donuts y esperar a que el sol de la mañana forme una cruz sobre la cúpula de la torre –llamada por los berlineses “la revancha del papa” –, y sonreírse al recordar que la guerra fría ya ha terminado. Cruzar bajo los caballos de Brandenburgh Tor y seguir por Unter den Linden, entre los emblemáticos tilos que Hitler ordenó cortar para ubicar en su lugar pilares con esvásticas; tilos que volvieron a perfumar el paseo de los transeúntes. Visitar el Memorial del Holocausto y perderse en su laberíntico conjunto de bloques de cemento, aunque cause escalofríos.

Por suerte, mi recorrido histórico por Berlín comienza en otro mítico edificio de la ciudad: el invierno queda atrás cuando se cruzan las puertas del Hotel Adlon Kempinski. “Legendario y fascinante”, el mismo leit-motiv del hotel invita a meterse en su historia, que va de la mano con la de la propia ciudad. Desde su inauguración en 1907, por Lorenz Adlon, el hotel ubicado en el corazón mismo de Berlín, ha sido el refugio habitual de las estrellas del espectáculo y la política. Fue construido para convertirse en el lugar más glamoroso de toda Europa, y pronto cumplió con su cometido. En los años 20 brilló con toda la furia alocada de la Belle Époque. La lista de sus huéspedes ilustres no tiene fin. Charles Chaplin perdió sus pantalones en la entrada, Greta Garbo suspiró un célebre “i just want to be alone ” y Marlene Dietrich fue descubierta en sus salones. Durante las crisis políticas de entre guerras fue el lugar de reunión de cientos de estadistas. El espíritu de libertad que reinaba en el hotel le valió el apodo de Pequeña Suiza. Aun así sufrió las turbulencias del siglo pasado. Apenas tres días después de terminada la Segunda Guerra Mundial, el edificio fue asolado por un misterioso incendio que lo redujo a cenizas. El único sector que se salvó de las llamas fue demolido por el gobierno comunista en 1984.

Todo hubiese terminado ahí mismo si el grupo hotelero Kempinski no hubiese ideado un lugar que conservase el objetivo primero de Lorenz Adlon. En 1997 se reinauguró en una nueva Berlín un nuevo Hotel Adlon Kempinski, totalmente reconstruido con una moderna y revolucionaria disposición, pero conservando el mismo espíritu clásico de sus años dorados. Y volvió a brillar con la luz de sus huéspedes. Se ha vuelto un destino recurrente de celebridades contemporáneas como Brad Pitt y Angelina Jolie, con su conocido despliegue familiar; y se ha transformado también en sede de algunos escándalos famosos, como el que protagonizó Michael Jackson cuando asomó a su hijo por la ventana del tercer piso del hotel.

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Poco se conserva del Adlon original, pero no lo menos importante: su esencia y la hermosa Fuente de los Elefantes, regalo del Maharadscha de Patiala que se ostenta en el bar del lobby. Una vez dentro del hotel, el staff tiene como cometido que la historia sea aquella personal de cada huésped. Para eso ofrecen 382 habitaciones, incluidas tres suites presidenciales ambientadas según diferentes estilos, que emulan las más lujosas casas privadas de los años 20 y 30. Desde un palacete berlinés hasta un pent- house neoyorquino, todas ellas poseen un gimnasio propio, un sauna y un hidromasaje, a la vez que están provistas del sistema de seguridad hotelero más alto de Alemania (requisito primordial para la mayoría de las personalidades que las elijen). Aunque, tal vez, el mayor privilegio –invaluable privilegio– de cualquiera de sus habitaciones está del lado de afuera.

Mi historia comienza al correr las cortinas, porque la vista de la puerta de Brandenburgo es la mejor que puede conseguirse en Berlín. Hago propia la frase que alguien dijo cuando le preguntaron qué hacía tan especial a este hotel: “Location, location and again location”. La pura verdad. Iluminada por la noche, o rodeada por los tilos nevados de Unter den Linden por la mañana, la Brandenburgh tor es lo primero y lo último que se observa desde aquí cada día. Y es lo que prevalece en mi tardío brunch de domingo en el restorán Quarré.

En las tardes de verano, este magnífico restaurante abre sus terrazas al aire libre para que cualquier visitante, sea huésped o un sencillo paseante, pueda disfrutar de la vista y de algún té de la selección especial que se ofrece en cada desayuno. Ahora en invierno, se los aseguro, es más recomendable quedarse puertas adentro y saborear un hígado de ternera con manzanas, cebollas rostizadas y puré de papas, uno de los tradicionales platos berlineses del chef. Especialmente después de una larga visita a la Isla de los Museos, declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1999. La isla está ubicada en el río Spree y aloja a la catedral y a los cuatro importantes museos que dan origen a su nombre. En el Neues Museum, o “museo nuevo”, se encuentra el famoso busto de la reina Nefertiti. Es indispensable sacar la entrada con bastantes días de anticipación, de lo contrario se vuelve prácticamente imposible entrar a conocer la gema del arte egipcio.

Hay, además, otras tentaciones en este lugar: el Gourmet Restaurant Lorenz Adlon ofrece platos de inspiración europea en el Bel Etage del hotel, y comparte con Quarré la impresionante vista del Brandenburgh Tor. En el primer piso, el Uma Restaurant combina los sabores tradicionales de la comida japonesa con toques contemporáneos. El Gabrielle Restaurant presenta platos clásicos de la comida italiana –un tip: panna cotta de zucca y semillas de lino–. Y por último, está siempre la opción infalible del FELIX Club Restaurante, que se transforma de restó con degustaciones del Norte de Italia en el hot-spot fiestero de las celebrities. A esto se le suman las 13 salas de conferencias, los salones de baile y los hermosos jardines de invierno que funcionan como espacios de banquetes y conferencias de prensa. No olvidemos que, una vez por año, el hotel se convierte en el núcleo dinámico del festival de cine Berlinale, otras veces es la sala de presentación de las casas automotrices alemanas o el ámbito ideal para una cumbre política. Por eso, precisamente, está a la cabeza en el estado del arte tecnológico y en materia de seguridad.

Mis planes incluyen, por supuesto, un momento de relax. Y el gimnasio y la pileta del hotel están abiertos desde la mañana hasta la noche, con la opción de tomar allí el desayuno o un cóctel de media tarde. De todos modos prefiero bajar hasta el subsuelo y experimentar el lugar más especial de todo el hotel: el Spa del Adlon Kempinski incluye toda una gama de tratamientos de salud y de belleza. El salón de peluquería y maquillaje está marcado por el paso de todas las estrellas del espectáculo que año a año presentan sus películas en Berlín o asisten al festival de cine. Aquí pueden aplicarse inyecciones de botox quienes lo deseen u olvidarse de todo en las clases de yoga y meditación del gurú hindú Viyay, y flotar, literalmente, en la exclusiva pileta Watsoo.

Una estadía en el Adlon y se vuelve difícil no sentirse una celebritie. No importa quién sea el huésped, todo y todos nos hacen sentir aquí como tales. Y por si no fuera suficiente, este año, el hotel lanzó Desayuno en Tiffany´s, un paquete que incluye un verdadero desayuno entre diamantes y relojes, en vez de aquel anhelante croissant que Holly Golightly comía del otro lado del vidrio. La tarde está dedicada exclusivamente al cuidado de la salud y la belleza en el spa del hotel, sesión de masajes incluida. Una limousine queda a disposición de quienes quieran ir a la joyería para la presentación de una nueva colección y luego pasear por las tiendas KaDeWe. Yo prefiero ir de shopping por Friedrichstrasse, a solo dos cuadras del hotel: desde relojes hasta ropa, desde galerías de arte hasta autos. Y cada tanto entrar en calor con Kaffee und Kuchen.

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Última noche en Berlín después de haber visitado el sitio conmemorativo de aquel muro que partió a la ciudad en dos ­hasta 1989; frontera invulnerable entre el mundo soviético y occidente. Todavía pueden percibirse ligeras diferencias, una leve variación de carácter entre el este y el oeste. Hace frío en estas calles que la Historia nubló con tanques, regó con disputas y liberó con revoluciones; un lugar que vacila entre esconder los horrores de la guerra y no dejar que se olviden; una ciudad que a pesar de sus caídas logró siempre renacer de los escombros e izar su gloria, a punto tal de volver a colocar a Alemania en la cima de la economía europea. Hoy Berlín es una ciudad moderna, cosmopolita y el símbolo de la unificación, inmortalizado en un martillazo contra el Muro.

Antes de la cena visito el bar del lobby para un cóctel. El barman, Franz, me ofrece un trago con fresas frescas, champagne y Chambord. Me jura que lo inventó a mi pedido y que en adelante el trago llevará mi nombre. Tomo. Me dejo llevar, es un honor entrar en la historia de Berlín, por pequeña que sea mi parte.

Por Julia Milanese

GPS
Dirección: Unter den Linden 77,Berlín
Distancias: a 30 km del aeropuerto minternacional Sheremetyevo, y a 2 km (200 metros) de la Plaza Roja.
Cómo llegar: Salir del aeropuerto y tomar por la calle Seatwinkler Damm. Seguir por esta vía hasta desembocar en Beausselstrabe. Luego, en la intersección con Altonaer doblar a la derecha hasta la calle Strabe des. Seguir derecho por esta vía, en la intersección con la calle Postdamer la misma cambia de nombre y comienza a ser Unter Den Linden, al 77 se encuentra el hotel
E-mail: hotel.adlon@kempinski.com
Tel: +49 30 22 61 0


ROOMIN Nº15

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