Argentina, Buenos Aires - Alvear Palace Hotel
Glamour porteño

Icono de Recoleta, el distrito más elegante de Buenos Aires, el “Palacio” se prepara para cumplir ochenta años con más garbo que nunca. Tras sus puertas, la edad de oro de la ciudad nunca termina.



M e siento una princesa”, se escucha en L’Orangerie, el maravilloso jardín de invierno del Alvear. Es martes por la tarde y todas las mesas están ocupadas. En una, tres mujeres de treinta y pico conversan animadamente en portugués frente a una fantástica pila de
finger sandwiches; en otra, un trío 20 años mayor charla en inglés, entre scons y macarons. A su turno, los dos grupos pedirán al mozo, tímida pero firmemente, que les saque una foto. Las brasileñas querrán hasta retratarse con él, tan gallardo en su uniforme rojo con guantes impolutamente blancos, como los del Ratón Mickey, y dedicarán otro click al encandilante carro de mini gâteaux que corona el merecidamente famoso té del Alvear.
Aunque quizá, quién sabe, haya sido al revés, y los guantes de Mickey estén inspirados en los de los siempre impecables mozos de L'Orangerie. Al fin y al cabo, el propio Walt Disney, padre del ratón y de tantos personajes más, pasó una temporada en el hotel en 1941.

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Hubo un tiempo en que Buenos Aires fue la París de Sudamérica; incluso fue más París que París, asolada como estaba Europa por el dolor y la miseria de la guerra. Fue entonces que se inauguró el Alvear Palace Hotel, desde 1932, el establecimiento más lujoso al sur del río Grande. Se alzó en el corazón de Recoleta, el barrio más elegante de Buenos Aires, entre parques y museos, rodeado hoy como ayer por las tiendas de las mejores marcas internacionales y los restaurantes más exclusivos. Enseguida el Lobby Bar y los amplios salones se convirtieron en el punto de encuentro de la élite porteña, que se daba cita con lo más granado de los visitantes europeos.
Lo de “Palace” no es un capricho. Sus imponentes puertas giratorias de madera y vidrio custodian, más que una época, una dimensión atemporal de refinamiento; a tal punto que hasta hay un dress code para circular por las áreas comunes. Es por eso que desde hace años el Palacio es Monumento Histórico de la Ciudad de Buenos Aires.
Ya la fachada en estilo Imperio, con columnas y escaleras de mármol, impone respeto. Esa entrada de autos especialmente diseñada para que los huéspedes no tengan que pisar la calle recibió en los últimas ocho décadas a los visitantes más ilustres, desde jefes de estado hasta artistas de cine, desde Arthur Miller hasta Paloma Picasso. Por eso, es fácil sentirse una princesa en el Alvear. Basta con saber que quizá se esté empuñando la misma taza que levantó una vez la reina española Sofía de Borbón, o recordar que por ese mismo lobby de mármoles y bronces entraron el emperador y la emperatriz de Japón en su última visita. Fueron tratados igual que cualquier huésped: como reyes.
Para lograr ese efecto, el equipo del Alvear ha hecho algo más que dormirse en sus deliciosas camas con sábanas de algodón egipcio de 500 hilos, perdón, en los laureles. El hotel funciona como una máquina perfecta, y logra producir la impagable sensación de que el mundo conspira para hacer feliz al huésped. Como toda máquina perfecta, es invisible: uno apenas alcanza a cruzarse, de cuando en cuando, con un amabilísimo botones. Sin embargo, como por arte de magia, todo está siempre reluciente, como recién comprado y al mismo tiempo antiguo. Hasta los más mínimos deseos son previstos hasta antes de que uno los registre. No se sabe bien cómo ni dónde, pero 550 empleados trabajan día y noche, fines de semanas y feriados, para lograr esta ilusión de simplicidad. Si se tiene en cuenta que el hotel ofrece 97 habitaciones y cien suites, da un altísimo ratio de casi tres empleados por puerta, que no tiene competencia en América latina. Es por eso, entre otras cosas, que el Alvear es miembro de The Leading Hotels of the World, y que la revista Travel & Leisure lo coronó en 2010 como el mejor hotel de ciudades de México, Centro y Sud América.

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Dicen que la vida está en los detalles. La de este hotel, entonces, está en el caracol de su escalera, donde se fotografían novias de cuatro generaciones, y en las amenities de Hermès, exclusivas en la Argentina; en la vista del Río de la Plata, que en los días claros llega hasta Uruguay y el plato de frutas frescas de cada día.
Los detalles son tan precisos que permiten directamente ignorarlos; asumir como una obviedad, por ejemplo, que al entrar en la habitación esté sonando nuestra música favorita, o que de todas las flores de la florería del hotel haya llegado, fresca y radiante, justo la orquídea que más nos gusta. Uno puede darse el lujo de no prestar atención a que, a partir del primer café, todos los camareros sepan exactamente qué proporciones de leche y azúcar son las indicadas, o que por las mañanas espere en la puerta el diario elegido, sea de Buenos Aires o de Milán. Es fácil acostumbrarse a pedir que el baño esté preparado en determinado momento, y a la hora señalada, sumergirse en la espuma caliente sobre un camino de pétalos, activar el jacuzzi, quizás hasta encender el plasma de la bañadera y olvidarse de todo. Pero cuesta reprimir un grito cuando uno encuentra, por ejemplo, un retrato de su familia en la mesa de luz. El hotel trabaja desde meses antes de la llegada del huésped para personalizar al extremo la estadía y lograr ese pequeño grito de sorpresa.
En primera línea al servicio de este objetivo están los mayordomos. Son ellos los que dan la bienvenida y desempacan la ropa, acomodándola primorosamente en los amplios roperos y clósets; ellos se encargan de que la camisa esté planchada y los zapatos, lustrados; ellos ayudan a usar la conexión wi-fi (aunque nunca hay ningún problema); reciben y redirigen toda inquietud o pedido posible, y a la hora de la despedida, empacan impecablemente las prendas y coordinan el retiro del equipaje. Es por eso que los huéspedes suelen pedir que se les asigne siempre el mismo piso; si es posible, la misma habitación.

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Todos merecemos malcriarnos un poco de cuando en cuando. Especialmente si el viaje es de trabajo y la ciudad ruge ahí afuera. Aun si Buenos Aires no fuese la capital cultural del Cono Sur, el micromundo del Alvear justificaría un par de días de indulgencia.
La jornada empieza con el espléndido desayuno bufet en L'Orangerie, y trae un dilema, porque es imposible volver a tener hambre a la hora del almuerzo; la solución salomónica se da los domingos, con el emblemático Sunday Brunch. Pero si es martes y hay que quemar calorías, se puede pasar por el Spa & Fitness Center: 800 metros cuadrados con la más nueva tecnología del entrenamiento. Allí, bajo la guía cuidadosa de los personal trainers, se disfrutan los equipos de Kinesis, únicos en Sudamérica.
Si la idea no es transpirar sino relajarse, mejor el spa, con una asombrosa piscina lúdica de hidromasaje bajo techo transparente, sauna seco y húmedo. Los tratamientos corporales y faciales son de La Prairie, líder mundial en terapias revitalizadoras. Para terminar de emperifollarse hay un primoroso salón de belleza en miniatura.
Tanta preparación sólo puede desembocar a una noche especial. Vale la pena disfrutarla en La Bourgogne, el refugio del chef francés Jean Paul Bondeaux, con justicia uno de los mejores restaurantes del país y el único relais gourmand de América latina. Sus delicias se combinan con 650 vinos de su cava, premiada por Wine Spectator.
La velada puede terminar en el espacio más nuevo del hotel: el Cigar Bar, inaugurado hace un año, para 17 exclusivos visitantes. Con su diferencial estilo art decó -mármol en los pisos, nogal y espejos biselados en las paredes, animal print y cuero en los sillones-, es un refugio para connoisseurs donde los mejores habanos del mundo, ordenados por calibre y tiempo de fumada, se maridan con una extensa carta de cognacs, alta coctelería y chocolates.
Afuera, el Lobby Bar, elegido como Café Notable de Buenos Aires, sigue funcionando como punto de encuentro nonstop. En las mismas mesas que de día cerraron contratos, de noche se sellan romances.

Y a la hora de meterse entre las sábanas de algodón egipcio, nada se percibirá extraño. El Alvear logra la alquimia de vivir en un lujo versaillesco y sentirse sin embargo como en casa. En pocas palabras: sentirse, con naturalidad, un príncipe o una princesa.

Por Marcela Basch. Fotos: Alejandro Lipszyc.

GPS
Dirección: Avenida Alvear  1891, Buenos Aires, Argentina.
Distancias:
a 10 km. del aeroparque Jorge Newbery y a 30 km. del aeropuerto internacional de Ezeiza.
Cómo llegar: desde el aeropuerto, tomar la autopista Ricchieri, luego la autopista 25 de mayo hasta la bajada  9 de julio. Circular por la avenida hasta la calle Posadas y doblar a la izquierda. En Posadas y Ayacucho, girar a la izquierda nuevamente y hacer una cuadra hasta la avenida Alvear.
Web: www.alvearpalace.com
E-mail: info@alvearpalace.com
Tel: (+5411) 4808.2100


ROOMIN Nº15

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