Cuba, La Habana - Hotel Nacional de Cuba
La reina del Caribe

Cuba vuelve a ostentar su liderazgo en el Caribe insular. Turismo histórico, ron añejo y cigarros humeantes. Historias y leyendas de una ciudad única y una cultura con sello y encanto propios.

L a Habana lleva su historia tatuada en el cuerpo. Ninguna década del siglo pasado acepta morir aquí; se enroscan en las columnas, se sujetan de la arquitectura, del borde mismo de El Malecón.

Las distintas edades fueron dejando grifos abiertos en las calles, donde brotan y se mezclan públicamente diferentes épocas y corrientes. Dos millones y medio de turistas al año quieren ser testigos de este fenómeno único. La Habana es una ciudad fabulosamente anacrónica. Cadillacs, Chevrolets y todo tipo de vehículos -insignia del esplendor estadounidense de los 50 se cruzan con legiones de indestructibles Lada rusos de los 80, mucho más afilados en mecánica que en la armonía de sus líneas. Y los hay como recién salidos de fábrica y los hay como cacharros viejos. Unos datan del tiempo en que sospechados capitales norteamericanos, el principal socio comercial del dictador Fulgencio Batista, buscaban convertir la isla en una suerte de Las Vegas caribeña; otros sintetizan los años de idilio con el poderoso régimen soviético. Entre medio tuvieron lugar la Revolución del ’59, Fidel y la mitológica figura del Che Guevara, sujeto tácito omnipresente que continúa hablándole al mundo desde cientos de afiches, monumentos y graffiti (sin contar la inagotable variedad de merchandising y accesorios creada en su honor).

Pero Cuba es mucho más que eso. Otros registros quedaron marcados en su impronta, y se remontan a los tiempos de Cristóbal Colón, a la ciudad amurallada y a las monumentales construcciones de piedra caliza, al alcance de los colonos españoles en el lecho de este generoso mar celeste que pareciera emanar una sobrenatural iridiscencia desde las profundidades. “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto”, dicen que dijo el capitán cuando bajó del barco.

Cuba es también un pueblo alegre y respetuoso, pero por sobre todas las cosas, una nación tan proclive a la música como al azúcar. Difícilmente se pueda regresar de la isla sin haber escuchado “Hasta siempre, Comandante”, el suceso de Carlos Puebla, unas cinco o seis veces por lo menos. Incluso los extranjeros que no hablan ni hablarán jamás español lo cantan. La música es en vivo. Hay tríos o cuartetos de cuerdas y percusión en cada bar, en cada restorán, en cada salida, grabando secretamente la banda sonora del viajero. Excelentes músicos y clásicos del son cubano.

Las calles huelen a tabaco, al mejor cigarro del mundo, que se amasa a mano en esta casa. Nación de langostas y mariscos frescos. Se toma ron en la del medio y en todas las demás bodegas, y son muchos los que juran haber visto el fantasma de Hemingway (amante y confidente de las costas que le soplaron al oído El viejo y el mar), acodado en la barra de El Floridita, frío como el bronce.

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En 1982, la Habana Vieja fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Porque es un espectáculo sensorial. Porque cuando decantaron las sucesivas invasiones que asolaron a la más grande de las islas Antillas emergió en la ciudad una impresionante diversidad arquitectónica, atravesada por los períodos de domino español, británico, francés y estadounidense. Hay edificios de todos los siglos y colores; clásicos, coloniales o barrocos. Entre las aristocráticas mansiones de la Quinta Avenida –tan parecida a Miami de los 50- y La Plaza de Armas, piedra filosofal del casco histórico, hay planetas de por medio. Varios de estos tesoros edilicios, a merced del viento marino y la erosión, no habían recibido demasiadas atenciones durante los años 80. Con la caída del Muro, el escenario cambió y Cuba volvió a ajustar la mira en el turismo y en la recuperación de su valioso patrimonio histórico.

Los andamios de las empresas restauradoras que se observan hoy a lo largo de la Calle de los Oficios, contra las luminosas fachadas que enfrentan a El Malecón o en algunos monumentos de plaza, tienen que ver con lo que se adivina una clara política de potenciar el turismo internacional como industria seria. La Habana Vieja ostenta ya cinco nuevos y refinadísimos hoteles boutique, como el Saratoga, el Ambos Mundos y el Palacio del Marqués de San Felipe y Santiago de Bujal, que se anotan directamente en el mercado de alta gama. Lo mismo que el hotel Barceló, en el barrio Miramar, un panorámico 5 estrellas sobre la Quinta Avenida. Las sociedades mixtas (Estado cubano y compañías extranjeras) ganan terreno. Los turistas canadienses (en primer lugar), rusos, italianos y españoles colman la isla cada temporada. La Argentina lidera el ranking de visitantes latinoamericanos y los ciudadanos norteamericanos pueden ingresar en el país sin restricciones hace rato. Solo Cuba es dueña de este “largo lagarto verde con ojos de piedra y agua” (también Guillén es bandera).

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Hospedarse en el Hotel Nacional es meterse en la arquitectura misma de una leyenda, en el interior de un monumento sagrado para los cubanos. Desde las habitaciones superiores, orientadas hacia el mar Caribe, se tiene el placer de dominar un imponente cuadro de la isla: El Malecón fluye como una silenciosa línea costera, desde y hacia el resplandor azul del océano.

Ubicado en la cima de la histórica loma Taganana, el coloso de 426 habitaciones abrió sus puertas y ventanas a la fama el 30 de diciembre de 1930, momentos en que la mafia ítalo-norteamericana se reunía en sus salones para planificar la instalación de casinos y clubes nocturnos en La Habana. Aunque acá también soñaron los líderes del Ejército Rebelde, Castro y Guevara, y una profusa variedad de luminarias de todas las épocas y canteras: Nat King Cole, Frank Sinatra, Ava Gardner, Winston Churchill y Steven Spielberg, entre centenares.

Los empleados más veteranos del hotel se ufanan de abrigar bajo los jardines soleados y frondosos de la costanera un preciado souvenir bélico: el búnker construido en 1962 durante la crisis de los misiles con el gobierno de Kennedy, un punto estratégico en la defensa de la ciudad, la misma gruta donde se instalaron en el siglo XIX los cañones de la batería Santa Ana. Excavaciones realizadas en el lugar por un equipo multidisciplinario del gabinete de arqueología de la Oficina del Historiador desempolvaron numerosos objetos e imágenes de la época. Se puede visitar la Cueva Taganana en un paseo guiado por las instalaciones del hotel, donde las cosas se conservan como desde hace casi un siglo.

El lobby es un amplio pabellón de espíritu colonial, con mosaicos sevillanos, carpeta trabajada en maderas preciosas, tirantes gruesos y lámparas isabelinas colgantes. Nunca se sabe exactamente adónde conduce un trago en el bar de la galería. Los destinos parecen cruzados en este templo cosmopolita y espacioso. Hay terrazas en el parque, hay tres restaurantes, una exclusiva tienda de cigarros y hasta un venerado cabaret, el Parisién, nacido en 1958 para evocar las noches parisinas de revista. Todo puede suceder en el Nacional, incluso que algún viejo sonero de Buena Vista Social Club se cuelgue una guitarra al hombro.

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Dos sitios se visitan siempre en La Habana. Uno es Tropicana, la glamorosa marquesina de 1939 que aún hoy se mantiene caliente, el cabaret al aire libre más famoso de la Tierra: decenas de artistas en escena, bailarines, cantantes y mujeres fatales. Una poli-cromática revista musical a la altura de su leyenda.

El otro se llama La Bodeguita del Medio, así bautizada por haber sido la única en su especie no ubicada en la esquina sino a mitad de cuadra, en el 207 de la Calle Empedrado. Célebre como todas quisieran serlo, esta cálida fonda de barrio devino epicentro de la bohemia internacional: acá ponían las barbas en remojo escritores como Pablo Neruda, Nicolás Guillén y Ernest Hemingway de nuevo. Incluso Errol Flynn y Gabriela Mistral tomaron mojitos sobre la barra de este pequeño gran bar de cigarros, sones y Habana Club. Existe desde 1942 y cada individuo que pasó por acá, ilustre o anónimo, dejó algo escrito en las paredes grises del comedor, de la cocina o del bar. Este lugar también lleva su historia en la piel. Como todo viejo lobo de mar. Como La Habana. Como la isla entera.

Por Damián Richarte

GPS
Dirección:Calle 21 y O, Vedado, Plaza, La Habana
Distancias: A 20 km del aeropuerto de La Habana. A 3 km de la Plaza de la Revolución. A 5 km de Habana Vieja
Cómo llegar: Salir del aeropuerto y tomar por la autopista La Cujay. Salir en la bajada Boyeros y seguir hasta la calle 21. En esta doblar a la derecha, a unos metros
encontrará el hotel
E-mail: reserva@hotelnacionaldecuba.com
Tel: 537 836 3564


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