Rusia, Moscú - National Hotel
Mística y colosal

Con más de 12 millones de habitantes, Moscú es la más grande de las capitales europeas. Síntesis perfecta de mil años de historia rusa, sus calles albergan todas las contradicciones de una vida signada por los extremos, desde los tiempos de esplendor zarista hasta el realismo stalinista; desde la Perestroika de Gorbachov hasta el capitalismo salvaje de hoy. Una ciudad en mutación constante que escapa del letargo soviético para sumergirse de lleno en una modernidad aturdidora.

P esde aquel lejano 1147, cuando el príncipe Vladimir Dolgoruki levantó una fortaleza de madera moscovita, el alma rusa hizo su nido en Moscú. Durante más de ocho siglos fue el corazón de la Santa Madre Rusia, incluso cuando Pedro el Grande trasladó la capital a San Petersburgo.

Aun en aquel momento, ambas ciudades marcaron uno de los muchos contrastes que hacen a Rusia lo que es: San Petersburgo, la exquisita ciudad europeizada, con sus finos palacios y sus cortes engalanadas; Moscú, la ciudad de los boyardos de barbas espesas y gorros de piel, orgullosa ciudad de resistencias de cuyas glorias les cantara Alexander Pushkin, el gran bardo eslavo…

Sabe Moscú de resistir embates de todo tipo. Resume como nadie aquello que apuntala a la esencia rusa: la persistencia. Su pueblo, alegre y aguerrido, sufrido y sabio, se enfrentó a los mongoles, rechazó a los tártaros, expulsó a los polacos, desafió a Napoleón e hizo de Moscú una Ciudad Heroica para torcerle el brazo a Hitler. Ese pueblo moscovita, fiel guardián de los valores que hacen al espíritu ruso, a la vez apasionado y resignado, tierno y salvaje, capaz de soportar lo peor sin perder jamás la generosidad, sintió que las cosas estaban donde debían estar cuando, tras la Revolución, y por decisión de Lenin, Moscú volvió a ser capital. Solo que donde antes se erguían gallardas las águilas bicéfalas del zar, ahora relucían estrellas carmesí. La Krasnaia, la Plaza Hermosa, se volvió Roja. Corazón de la vida pública moscovita desde el siglo XV, la Plaza Roja es paradigmática de lo que es Moscú hoy. Esta Moscú que reemplazó el rojo soviet por el verde dólar, esta Moscú donde todo es en escala Gulliver.

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La Plaza Roja es la clásica plaza seca de toda ciudad europea, pero en dimensión pantagruélica. Esta colosal explanada de 52 mil metros cuadrados en la que se llevaban a cabo las más solemnes ceremonias, se daba lectura a los oukases (edictos del zar) y se impartía justicia, se volvió el escenario sobre el que se mostraba al mundo el puño de acero del poder soviético. La Plaza Roja, colosal pista de patinaje sobre hielo en invierno, es el caldero en el que conviven todas las paradojas rusas. Allí, desde 1552, se levantan las cúpulas policromas de la iglesia de San Basilio, postal moscovita por excelencia que hiciera construir Iván el Terrible para celebrar su victoria sobre los tártaros. Al otro lado de la plaza, a la derecha del Museo Histórico, puede verse la iglesia de la Virgen de Kazán, construida en 1993, un símbolo de la persistencia de la fe ortodoxa. Al Este de la plaza se erige la mole del Gum, antiguo almacén estatal que desde su privatización, en 1993, se convirtió en un shopping de lujo, en cuyos locales (la sucursal Armani de Moscú es la que más vende en toda Europa) los moscovitas sacian su consumismo desenfrenado, hijo bastardo del poscomunismo. Allí, mientras una nebulosa de viejos bolcheviques, cosacos con medallas y "rambos" eslavos agitan aún retratos de Stalin recordando un nuevo aniversario de su muerte, los jóvenes de hoy pasan de largo, apurados, escuchando tecno pop en sus iPods, camino al McDonald’s de la plaza Pushkin. Allí, en su sobriedad de mármol y granito austero, bien soviético él, se impone el mausoleo de Lenin, adosado a la larga muralla del Kremlin.

Coronando la cima de la colina Borovitski, circundado por una muralla de 2.500 metros, con 19 torres de diversa altura y estilo, el Kremlin es la imagen viva del esplendor y la grandeza de Rusia. Las resplandecientes cúpulas de las iglesias y catedrales, las elegantes siluetas de los palacios de piedra blanca y las imponentes murallas almenadas con sus torres puntiagudas conforman el corazón mismo del país. El Kremlin es a la fe ortodoxa lo que la Meca a los musulmanes, es a la cultura rusa lo que la Ciudad Prohibida de Pekín es a los chinos. Es el centro neurálgico, político y religioso, el hogar de su historia multisecular y de sus tradiciones artísticas. Traspasando la torre Troiskaia, en la plaza del Tiovivo, se ingresa en ese caleidoscopio de la historia que es el Kremlin. Edificado durante la gestión de Brezhnev, el cubo metálico del palacio del Congreso es icónico de la arquitectura soviética.

Los tonos ocres del Arsenal, por su parte, evocan la grandeza zarista decimonónica, exhibiendo orgullosamente los 800 cañones de bronce arrebatados a las huestes de Napoleón. Desfilan el Senado, el edificio del Soviet Supremo, el antiguo palacio de los Patriarcas y la iglesia de los Doce Apóstoles y del Príncipe de los Cañones, hasta llegar al maravilloso patio religioso del Kremlin. Desbordante de mística espiritualidad, es un deslumbrante conjunto de cúpulas y bóvedas multicolores, que se vuelven doradas por imperio del sol. El campanario de Iván el Grande llama a las miradas por su belleza y su gran porte. Durante años fue la edificación más alta de la ciudad, desde la que se podía ver hasta una distancia de 30 kilómetros. A sus pies, sobre un zócalo de piedra blanca, descansa la Tsar Kolokol, la campana zarina. Con sus 202 toneladas, sus más de seis metros de alto y sus seis de diámetro es la mayor campana que se haya fundido jamás.

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Por si todavía no quedó claro, todo en Moscú está hecho en grande. Desde el aire se vuelve inabarcable, con largos kilómetros de autopistas flanqueadas por filas de los famosos monobloques de la era soviética, dispuestos casi geométricamente. No en vano es la ciudad del constructivismo. Si la avenida 9 de julio es la más ancha del mundo, resalta más aún en Buenos Aires por ser excepcional. En Moscú, las avenidas (prospect) son apenas más estrechas que la 9 de julio, pero las hay en decenas, a cuál más espectacular. Sus 10 bulevares concéntricos, alejados del centro febril, son una invitación a la caminata soñadora, en primavera u otoño. Recorrer los barrios de Moscú es la mejor manera de acceder al espíritu de la ciudad: Kitai Gorod, que desde el siglo XVI fue el barrio comercial de la ciudad, hoy alberga negocios, oficinas y bares. Se destacan la calle comercial de Nikolskaia, la Casa de Moneda, el Hotel de los Mercaderes, el Hotel Inglés, la Bolsa, los antiguos palacios de los boyardos y el palacio de los Romanov.

Al Oeste de la ciudad se encuentra el barrio Arbat con su zona vieja, que en otro tiempo frecuentaban artistas y poetas, un lugar precioso para pasear y mezclarse con los moscovitas. Moscú es quizá la ciudad del siglo XX con más institutos de enseñanza media y superior de Europa, además de teatros y museos, como lo prueban la Universidad de Lomonosov, la más antigua de las cinco grandes; la Biblioteca de Lenin, el Teatro Pushkin, el Bolshoi, la Galería de Arte Tretyakov y otros cien museos de todas las manifestaciones científicas, literarias y artísticas. La Plaza de las Exposiciones, con el prodigioso monumento al Spútnik, hecho enteramente de titanio, que se proyecta 150 metros sobre el firmamento de Moscú, es otro símbolo del gigantismo moscovita de los tiempos soviéticos.

Claro que éste tiene en las Siete Hermanas, los descomunales rascacielos que mandara a construir Stalin para celebrar los ochocientos años de la ciudad, a su más eximio representante. Las plazas moscovitas guardan historias hermosas y de las otras. Como la Lubianka, que captura la sombra del tristemente célebre edificio de la KGB y la estatua de Dzerzhinsky, fundador de la Cheka, antecesora de la KGB. Por una paradoja del destino, frente al edificio del KGB se levanta la juguetería más grande de la ciudad, Dietski Mir. La plaza da nombre al barrio Lubianka, que alberga lugares más amigables. Entre ellos, el Bolshoi, el más célebre de los muchos teatros monumentales de la ciudad, que le da nombre a la plaza que lo enfrenta. Detrás de él comienza la calle Petrovka, una de las más antiguas de la ciudad, que conduce al monasterio Petrovsky y a la iglesia de San Pedro. Y es otra plaza, la del Tiovivo, la que da nacimiento a la calle más famosa de Moscú, la espléndida Tverskaya, una suerte de Champs Elysées moscovita, repleta de elegantes locales, que culmina en la Plaza del Triunfo.

Precisamente, en la intersección de Tverskaya y la calle Mokhovaya, se levanta nuestro refugio en Moscú, el hotel El Nacional, que no escapa al espíritu de la ciudad. Combina el encanto, el lujo del pasado con el confort y el ritmo de la Moscú moderna. Su ubicación es inmejorable: sobre la avenida Tverskaya, frente a la Plaza Roja y a las paredes reales del Kremlin, a cinco minutos a pie del teatro Bolshoi y a menos de 10 del Cristo Redentor -la catedral ortodoxa más grande del mundo.

Fue construido en 1903 por el arquitecto ruso Alexander Ivanov, miembro de la Academia Imperial de las Artes; y antes de la Revolución, hospedaba a diplomáticos, políticos, nobles, gente de negocios y famosos artistas; entre ellos, Anna Pavlova, Herbert Walls, Anri Barbus y Winston Churchill. Después de 1917, El Nacional fue proclamado La Primera Casa de los Soviets y pasó a ser la residencia del gobierno bolchevique, acogiendo a los altos líderes comunistas, incluido el propio Lenin. En 1930, el hotel fue decorado con muebles y obras de arte expropiadas a la nobleza zarista, lo que le dio una suntuosidad excepcional. Amén de su impecable locación, sin duda, el valor más destacado de El Nacional es su increíble servicio. El personal es notablemente dispuesto y amable; siempre con una sonrisa en la boca. Todos hablan muy buen inglés, algo que se valora en una ciudad en la que pocos lo hacen con fluidez. De hecho, para el que no habla ruso, el personal de conserjería es decisivo, incluso para el armado de excursiones y paseos.

Una recomendación: imposible pasar de largo a la opción de tomar el desayuno en el bufet del hotel. Más allá de las amplias opciones gastronómicas, que permiten arrancar el día con un desayuno suculento –algo que va a hacer falta para todo lo que tendremos que andar después–, la clave es la formidable vista del Kremlin y la Plaza Roja desde el ventanal. Disfrutar de un té viendo la nieve caer sobre las murallas y edificios rojos es una experiencia inigualable. Por su parte, el bar Alexandrevsky tiene un encanto retro, que evoca los tiempos soviéticos. Uno espera ver aparecer en cualquier momento a algún espía intercambiando información clasificada con un viejo miembro del Politburó, bajo la atenta mirada de alguna Mata Hari rusa. El Nacional es una inmejorable puerta de entrada a ese mundo único de contrastes eternos llamado Moscú.

Por Alberto Moreno

GPS
Dirección: 15/1 Mokhovaya St., Moscú.
Distancias: a 30 km del aeropuerto minternacional Sheremetyevo, y a 2 km (200 metros) de la Plaza Roja.
Cómo llegar: Desde el aeropuerto, tomar la autopista Leningradskoye Shosse que lo conecta con la autovía que va directo al centro de Moscú.
E-mail: hotel@national.ru
Tel: +7 495 258 7000


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