China, Shangai - Pudong Shangri–La
La perla de Oriente

Shangai se presenta como una versión moderada de la China comunista. Una cara más amigable para los occidentales. Es la ciudad que reconstruyó el régimen a fines del siglo XX con un doble propósito: demostrarle su poderío al mundo y convencer a los propios chinos de lo que son capaces.

P ara los que suponen que la República Popular quedó suspendida en el tiempo, entre la Revolución Cultural y las enseñanzas de Mao Zedong en su inagotable Libro Rojo, visitar Shangai supone un descubrimiento encantador. La ciudad es, como la llaman en el mundo, La Perla de Oriente.

Volar hasta China supone una empresa titánica. Hay que templar la ansiedad y soportar distintas escalas antes de llegar a destino. No existe aún un vuelo directo desde la Argentina. Viajamos con Qatar Airlines: treinta horas de avión, más las paradas obligadas en San Pablo y Doha. Durante nuestro vuelo eterno, estudiamos el mapa. La ciudad aparece dividida en dos: el río Huangpu cruza Shangai de Norte a Sur. En su margen Oeste está el casco antiguo, que reúne los barrios más pintorescos, llenos de construcciones típicas, templos y pagodas. En la misma orilla está el paseo costero conocido como Bund, con los 24 edificios de arquitectura europea, de fines del siglo XIX y principios de siglo XX, creados durante los tiempos de las “concesiones” británicas y francesas. El banco de Hong Kong es, dicen, uno de los más emblemáticos. Enfrente, del otro lado del Huangpu, crece pujante el distrito de Pudong, que concentra los edificios más modernos de la ciudad. El rascacielos más icónico, que aparece en todas las guías de turismo del mundo, es el Perla de Oriente. Se trata de una torre de 468 metros, con formas futuristas y una esfera perfecta en la cima. Inconfundible.

A primera vista, Shangai se presenta como una ciudad de contrastes. Económicamente, es evidente, hay dos realidades. ¿Cómo explicarlo dentro de un régimen comunista? Existe un mercado del lujo exclusivo para turistas y grandes ejecutivos chinos. La ciudad está regada con tiendas de las más importantes maisons europeas y no tiene nada que envidiarle a la glamorosa Rue Montaigne de París. Su parque automotor está representado por las motonetas de los trabajadores y los autos suntuosos de los favorecidos por la reciente apertura económica. Desde la altura de sus rascacielos, más imponentes que los de Manhattan, pueden observarse los techos parejos de las viviendas de los trabajadores, en forma de monoblocks. Al pie de las torres más imponentes, es fácil tropezar con barrenderos de uniforme anaranjado, sombrero de paja y sandalias de madera, como recién salidos de un capítulo de Kung Fu. Barren la vereda con ramas de árboles.

No hay pobreza en Shangai. Por lo menos no existe como la conocemos en América latina. No hay villas de emergencia, favelas, ni asentamientos clandestinos. Dicen que la miseria está tierra adentro, en el campo. Y que el trabajo esclavo está favorecido por leyes blandas y mandatos culturales que parecen inaceptables por los occidentales.
El tránsito es un caos. Tomar un taxi en hora pico puede llevar horas. Los choferes no hablan inglés y resulta imposible explicarles cualquier destino. Ni siquiera señalándoselo en un mapa. La única solución es pedir al conserje del hotel que escriba el destino en chino en un papel, con jeroglíficos indescifrables para cualquier occidental. Entonces la faena resulta bastante más sencilla: alcanza con subir al auto, mostrar el papel al conductor y rezar para que no haga ninguna pregunta. La red de subterráneos es súper moderna y parece construida a prueba de desorientados. Es posible ­–lo hemos comprobado– hacer un viaje con conexión sin pedir jamás una indicación. También hay carros de tracción a sangre, las típicas bicicletas chinas con una cabina detrás. Algunas, las más modernas, están impulsadas por un scooter. No son rápidos, ni siquiera las de motor, pero tienen la posibilidad de adentrarse en las calles más angostas y en los paseos comerciales. Sus conductores parecen kamikazes de dos ruedas, siempre a punto de estrellarse contra alguna pared o de llevarse puesto algún peatón. La única forma que tienen los vehículos de dos ruedas para cruzar el río Huangpu es en ferry. El paseo, además de colorido, rodeado de cientos de trabajadores locales, ofrece una vista diferente de la ciudad.

People Square es uno de los parques típicos de la ciudad, un destino inevitable para cualquier turista. Está ubicado donde desemboca la peatonal Nanking Road, en su extremo Norte. Tiene juegos típicos de ferias, jardines y espejos de agua celosamente cuidados, todos rodeados por senderos sinuosos. En un codo del camino, los vecinos más curiosos montaron lo que llaman "the english corner": un lugar donde practican su inglés. Para ellos, cualquier occidental que responda a un simpático "hello" es un posible profesor. La mayoría de los bancos están ocupados por personas durmiendo. "El chino se acuesta donde lo agarre el sueño, sin complejos", nos explicó luego una argentina que vive hace años en la ciudad. Pero lo más llamativo del parque está representado por un grupo de personas, más de cien entre hombres y mujeres, que exhiben orgullosos las fotos de sus hijas. Están sentados en sillas de playa, toman té y conversan con el público, aunque le escapan a las fotos. El primer pensamiento latino es "reclaman Justicia". Sin embargo, poco después comprendimos que buscan maridos para sus niñas. La oferta es variada y tentadora: además de la foto, describen en una carilla sus mejores habilidades y ofrecen sus medidas. La barrera idiomática no nos permitió conocer los requisitos que debe tener el candidato.

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Todo lo referente a la tradición china (las casas de té, las pagodas y los monasterios) está concentrado alrededor del Yuyuan Garden. El complejo fue creado durante la Dinastía Ming, entre los años 1559 y 1577, a imagen y semejanza de los Jardines Imperiales. Hoy tiene estatus de Monumento Nacional y ofrece las fotos típicas, que todo turista quiere llevarse de China.
Elegimos dormir en el Pudong Shangri–La, un recomendable hotel de lujo ubicado en 33 Fu Cheng Road, Pudong. Se trata de un complejo de dos torres, Río Ala y Grand Tower, con 952 habitaciones (de 47 hasta 148 metros cuadrados). Todas tienen tevé vía satélite, DVD, LCD y conexión a internet (aunque el gobierno controla la web y es imposible chequear algunas redes sociales como Facebook). El hotel tiene una amplia oferta de restoranes y pubs. Y cuenta también con dos piscinas, centro de fitness de última generación, cancha de tenis y un spa con las más tradicionales terapias de Asia. Los que viajan en plan de trabajo disponen, además, de salas de reuniones. Resultó una excelente opción.

La prostitución está prohibida. Aunque en la mayoría de los hoteles 5 estrellas hay revistas que proponen “sensual masaje” o “naked masage”. ¿De qué se trata? No podría precisarlo, pero cabe destacar que cada aviso está ilustrado con fotos de señoritas semidesnudas. La vida nocturna en Shangai es variada, con mil restoranes y bares de todo tipo, desperdigados por la ciudad. El régimen custodia celosamente el orden las 24 horas del día. Durante una noche de brindis en un exclusivo pub de Pudong, contamos con la compañía de un policía uniformado que custodiaba la barra bajo un moderno cartel de luces que, de tanto en tanto, indicaba: “El uso de drogas está penado por las leyes de China”. Si bien en 2001 la República Popular eliminó a la homosexualidad de su lista de “enfermedades mentales”, los reductos gays todavía se mantienen en la clandestinidad.

A partir de la apertura económica, los chinos de Shanghai también se volcaron al consumismo. En las calles es evidente la preferencia de las mujeres chinas por las marcas de lujo europeas. Todas visten a la moda, muy elegantes, con los diseños que se presentaron en las últimas pasarelas de París. Y siempre suman a su outfit detalles o accesorios de Gucci, Prada, Louis Vuitton o Hermès. ¿Verdaderos o falsos? Imposible saberlo. El mercado de las imitaciones es enorme en la ciudad. Inabarcable. Y lejos de ser combatido por la ley, se promueve en todas las oficinas de turismo.

Shanghai parece una ciudad segura. En principio, los cazadores de turistas de la peatonal Nanking Road generan desconfianza. Aparecen de la nada, con fotos de relojes y carteras en sus manos, recitando un rosario de marcas de lujo. Hablan poco español y la palabra que más repiten es “balato”. Su plan es simple: seducir a todo potencial comprador y llevarlo a una “cueva” de imitaciones. Nos embarcamos en el plan y la aventura resultó divertida, reveladora y provechosa.
La mayoría de las “cuevas” están protegidas por fachadas legales: un local comercial, un bazar o una casa de familia. En nuestra primera excursión (fuimos a varias, pronto se nos pegó el vicio) accedimos a través de un negocio de souvenirs con vidriera a la calle. Nuestro “anzuelo” nos presentó a una vendedora que, luego de estrecharnos las manos, corrió una estantería que descubrió una puerta falsa al paraíso de lo trucho. Detrás de aquel pequeño comercio asomaba un gran shopping de imitaciones, lleno de turistas ávidos de chucherías. Fuimos directo al sector de carteras. Buscamos una imitación de Hermès, su modelo más clásico, la Birkin bag.

Encontramos una copia barata, en distintos colores, pero de muy baja calidad. La vendedora se sorprendió por nuestro desencanto. “No good quality”, le dijimos. “¿Better quality?”, preguntó. E hizo señas para que la siguiésemos. Caminó algunos pasos entre la gente, nos condujo por un pasillo que funcionaba como depósito, empujó una pila de cajas de cartón y levantó una persiana metálica. Tanteó con su mano en la pared hasta que dio con la tecla de la luz e iluminó un nuevo showroom. “Better quality, higher price”, dijo. Detrás de la tienda de souvenirs, detrás del shopping clandestino, en lo más profundo del sistema comercial de Shangai, aparecían finalmente las réplicas más caras y exactas. Dicen (¿mito o realidad?) que las imitaciones aquí están hechas en las mismas fábricas donde producen sus productos las más importantes maisons del planeta. Al fin y al cabo, cada vez más, en materia de moda todo es made in China. La pelea por el precio final fue agotadora. Partimos de 900 dólares y luego de una negociación que despertó todas las emociones posibles en un humano, conseguimos nuestra ganga: 150 dólares por la codiciada Birkin.

Hay varios fake markets en la ciudad. Son, como su nombre lo indica, “mercados de lo trucho”. El más concurrido es uno subterráneo, vecino a una estación de tren, bajo el Museo de Tecnología y Ciencia. ¿Qué comprar? Los productos de electrónica son malísimos. Los relojes tienen precios tentadores, aunque es imposible hacerlos pasar por originales. Las valijas, camperas, carteras y camisas son una buena opción. Todos los precios están inflados. En internet hay listas que desnudan los “valores reales” de cada producto: los reducen a un 15 por ciento del importe marcado. La rutina de compra es agotadora e interminable. Los chinos no suelen aceptar un “no” como respuesta y van desnudando su estafa con el correr de los minutos. La mejor oportunidad son los trajes hechos a medida. Las telas son excelentes y los costureros los producen en cuatro o cinco horas. Un buen ambo de seda puede costar 200 dólares.

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La cocina local es típica, reconocida en todo el país como Hu Cai. Hay restoranes de todo tipo, para todos los bolsillos. También hay cocina internacional, por supuesto. Los más audaces pueden experimentar cangrejos y una suerte de langostinos recién pescados (también de color anaranjados, un poco más claros, aunque más grandes y con más patas) que se ofrecen en las veredas de los barrios bajos. En Lost Heaven, restorán de lujo en el Bund, probamos la exquisita cocina de Yunnan, una provincia situada al sur del país con pasos fronterizos a Tíbet, Laos, Birmania y Vietnam.

Aunque no lo veamos, el comunismo siempre está. La vida los chinos, aún en Shangai, su ciudad más occidental, está gobernada por el régimen. Las imágenes de familias, en los parques y confiterías, siempre son de tres personas: madre, padre y un único hijo. Una guía turística para hispanoparlantes –que curiosamente hablaba poco y nada en español– nos explicó que el Estado no permite familias más numerosas. Es parte de su polémica política del control de natalidad, que provee métodos anticonceptivos a los habitantes e incluso les da la posibilidad de abortos gratuitos. Si entendimos bien, aclaró que solo las viudas que hayan tenido una hija pueden continuar buscando el varón para que, cuando sea más grande, se convierta en el sostén de la familia. Vale aclarar que en China es derecho de los ancianos ser mantenidos y cuidados por su descendencia. Su abandono está penado por la ley.

El clima es bueno, aunque en verano la humedad se hace sentir. A orillas del río Huangpu hay un edificio con forma de aguja iluminado con tubos de neón colorados que funciona como termómetro público. Sus luces crecen en forma ascendente si sube la temperatura. Aunque las malas lenguas dicen que está “tocado”, que jamás va alcanzar los 37 grados por más que se desmayen los pajaritos. ¿Por qué? Hay una ley que exime a los chinos de trabajar si el termómetro toca esa marca. Creer o reventar.

Hay datos técnicos e históricos para tener en cuenta, que completan la pintura de la ciudad. Shangai tiene más de 20 millones de habitantes, es la capital económica de China y está administrada por “jurisdicción central”: su gobierno municipal responde directamente a Beijing. Después de la Guerra del Opio, en 1842, los británicos colonizaron económicamente la ciudad y favorecieron con concesiones a franceses y estadounidenses. Muchos edificios del Bund, de arquitectura occidental, reflejan aquellos tiempos. Más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, Shangai fue ocupada por los japoneses. Pese a estar ubicada a 40 kilómetros del mar, hoy es el mayor puerto del mundo por volumen de mercancías transportadas. Y, desde la década del 90, se convirtió en la sede de miles de empresas multinacionales. Desde entonces, se presenta en las guías como una ciudad cosmopolita.

Por Alberto Moronel

GPS
Dirección: 33 Fu Cheng Road, Pudong, Shangai
Distancias: A 31 km del aeropuerto internacional de Pudong y a 15 km del aeropuerto Hongqiao. A 200 metros del Centro Internacional de Convenciones de Shangai
Cómo llegar:Salir del aeropuerto internacional de Pudong y tomar por la avenida Yingcheng Lu hasta la intersección con la calle Shiji Dadao, doblar a la derecha por esta vía hasta la calle Fu Cheng. Ahí doblar nuevamente a la izquierda, a unos metros está el hotel Pudong Shangri-La.
E-mail: slpu@shangri-la.com
Tel: 86 21 6882 8888


ROOMIN Nº15

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