Perú, Machu Picchu - Machu Picchu Sanctuary Lodge
Un tesoro entre las nubes

En lo alto del cerro, dos maravillosos hallazgos: la ciudadela de los Incas y el Machu Picchu
Sanctuary Lodge
. una experiencia única que reúne historia, tradición y confort de alta gama.


M

ás rápido, más rápido, hay que ganarle a las nubes que aparecen un rato después del amanecer.” Así es como Lorenzo arenga al heterogéneo grupo que ha guiado por el camino inca. Trepamos con dificultad una roca que parece tener peldaños, una de

las últimas exigencias antes de llegar a la Puerta del Sol, la misma por la que los incas entraban al Machu Picchu, Intipunku, esa que está a 2.700 metros. ¡Llegamos! Besos, abrazos, lágrimas, cigarrillos… Sí, cigarrillos. Luego, una mirada hacia abajo para encontrar las ruinas. Allí están y simulan esperarnos. Se ven lejos, pero después de tanto caminar, la distancia que nos separa parece poca. Las lágrimas todavía no se secaron, el cigarro está encendido y en ese corto lapso las nubes nos taparon toda la visual. Lorenzo tenía razón. Por suerte, aunque sea por unos minutos, vimos -casi desde el cielo- lo que veníamos buscando. Ahora es momento de mojarnos las caras con las nubes que nos alcanzaron y descender para mirar de cerca. Podemos permanecer aquí hasta las 17, pero ya sentimos que no vamos a querer irnos. Caminamos entre las ruinas y reparamos en que solo faltan las techumbres en la ciudad perdida de los incas. Por lo demás, el Machu Picchu, este sitio declarado Patrimonio Natural y Cultural de la Humanidad por la Unesco, se ve intacto. Es imponente apreciar la talla de las piedras con la que fue edificado. Sus andenerías, sus terrazas, sus fortalezas, sus acueductos, sus piedras rituales y murallas lo han catapultado al selecto grupo de maravillas de este lado del mundo. Y esto se vive como una suerte de reconocimiento atemporal en torno de la perfección con que los incas montaron y pulieron tan pesadas piedras.

Dan ganas de quedarse un buen rato en cada lugar, pero el guía marca el ritmo y el grupo no discute, sabe - por experiencia cercana- que aquí, los entendidos son los anfitriones. Todavía queda mucho por develar, discurriendo por los senderos escarpados: el puesto de vigilancia, las habitaciones y los talleres de puertas trapeizoidales de llaqta, la que fuera la zona urbana de Machu Picchu, los cementerios con los cantos rodados en los que se hacían sacrificios y las plazas. Todo es maravilloso, pero lo que más cautiva quizás es la edificación circular del Templo del Sol, plantada sobre un granito macizo, con sus dos ventanas trapezoidales y el templo principal con su altar de piedra esculpida. Intiwatana, esa roca que servía para determinar solsticios y equinoccios -tan importantes para el ciclo de sus cultivos o para apuntar el norte magnético-, marca el momento más esotérico de la recorrida y el tiempo de apurarse para abordar el último bus. Ya no queda nadie.

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La altura no es un tema menor al llegar al Cusco y en esta región de la provincia peruana de Urubamba suele hacerse notar en los viajeros. Los lugareños aseguran que el soroche se mengua con hojas de coca aunque, claro, los laboratorios de medicamentos también hacen sus ofertas. Los 3.399 metros de altura en los que se encuentra la que fuera capital del imperio inca requieren un tiempo de aclimatación. Es así como excursiones a recintos arqueológicos cercanos suelen ser una buena preparación para el cuerpo y el espíritu antes de aventurarse al Machu Picchu. Entonces, la previa puede consistir en una recorrida por la fortaleza de Sacsayhuamán, ubicada a pocos kilómetros, donde cada año se realiza el ancestral Inti Raymi y en el paseo por los poblados del Valle Sagrado de los Incas (Pisac, Maras, Chinchero y Ollantaytambo). Aquí la mayoría de los itinerarios son al aire libre, por consiguiente, la lluvia puede resultar una molestia, aunque posible de evitar. El clima en esta región presenta dos estaciones muy bien marcadas: una seca que va de abril a octubre y, la otra, lluviosa, de noviembre a marzo, siempre con temperaturas estables entre los 6° y los 19°.

Recalar por lo menos tres días es necesario para ver, siquiera una parte significativa de todo lo que atesora la urbe, eso que la convierte en el principal destino turístico del país. Las calles angostas, empedradas y atestadas de taxis descienden hasta la plaza principal, esa babel sonora, crisol cosmopolita, en el que se mezclan latinos, gringos y orientales con cusqueños. Estos últimos esquivan la globalización resguardando sus costumbres, no obstante, están provistos de todos los servicios que el turista requiere. Y después de comprarle a un lugareño algunos productos realizados en lana de llama, viene bien detenerse en cualquiera de los cafés que existen en derredor de la plaza y disfrutar de un magnífico capuccino. El city tour obligado, saca a la luz la fusión y dualidad de lo incaico y lo colonial. Koricancha, por ejemplo, era el Templo de la Luna, sobre cuyos muros los dominicos levantaron su convento tras la conquista. La parada en la catedral es ineludible, allí se aprecian los murales a cargo de artistas anónimos de la escuela cusqueña, quizás el más llamativo sea el de la Última cena, porque lo servido no es pan, sino cuy. Lo local es una marca indeleble y se materializa en las vestimentas típicas que algunos usan cotidianamente, así como también en el gran conocimiento que poseen sobre su pasado los operadores turísticos, siempre prestos a contarlo en perfecto inglés para quien lo requiera.

Son 112 los kilómetros que separan a Cusco del santuario histórico. Tras las copiosas lluvias que se registraron en febrero pasado –tapa de diarios y revistas– resulta pertinente averiguar por posibilidades de acceso (y de regreso, claro está). La única forma de llegar a Machu Picchu es por vía férrea y son dos las empresas que operan este servicio. Salen desde Poroy y el trayecto exige tres horas y media, o bien, desde Ollataytambo, nos toma una hora cuarenta para llegar a destino. También existe una ruta terrestre alternativa no oficial, conocida como Santa Teresa, que fue muy utilizada mientras se realizaban las reparaciones de las vías tras aquellas tormentas, pero no es la que recomiendan las autoridades turísticas. Así que, mejor el tren. Una vez en Machu Picchu, para acceder al recinto arqueológico es posible realizar una caminata de algo más de ocho kilómetros por una senda empinada o abordar el bus que demora unos 25 minutos y que sale cada cuarto de hora.

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Llegar primeros al complejo arqueológico, con los nóveles rayos con los que el sol amanece y ganarle a las nubes –que a veces lo llenan todo con sus vapores– o quedarse hasta entrado el ocaso para aprovechar las ruinas de manera más íntima, menos concurrida, son dos de los privilegios a los que nos hemos hecho acreedores por estar alojados en el Machu Picchu Sanctuary Lodge. Pero no son los únicos. Hay otros que nos caben por la sencilla razón de estar en el único hotel ubicado literalmente al costado de la ciudadela, en la cima de la montaña donde está la mismísima entrada al sitio arqueológico.

Llegamos tras desandar el camino inca y como en una suerte de compensación por las exigencias que el trekking deparó a nuestros pies, nos esperan con un tazón de agua caliente con sales, y luego, unos masajes relajantes con técnicas incaicas. No se hace difícil sentirse a gusto aquí, seguramente porque el lugar resulta un reflejo fiel de la naturaleza: en los jardines que rodean la propiedad se han replantado especies nativas y orquídeas silvestres. Es bellísimo. Y en el interior, el uso de madera, piedra y telas naturales, todo en un estilo rústico, ayudan a encontrar rápidamente la sensación de bienestar después de tanto trajín. El ambiente íntimo se refuerza con la atención personalizada: son apenas 29 habitaciones y dos suites con todo el confort que un hotel de categoría debe tener.

La cena es en Tampu, una de las alternativas gastronómicas de la casa donde podemos degustar algún plato típico de comida peruana, elaborada con sencillez. Para el momento del café, los anfitriones se acercan a las mesas y sugieren actividades para el día siguiente. Todo me hace pensar que será una gran jornada. Y no es para menos. Comienza con una sesión de yoga en los jardines y por la tarde, una presentación de plantas nativas que sistematiza gran parte de lo que vimos durante el trekking. ¿El objetivo? ¡Cumplido! Ante nuestros ojos, las diferentes especies nativas que florecen en Machu Picchu y como bonnus track, usamos un par de binoculares que nos permite tomar fotos de las aves que revolotean por aquí. Y cuando anochece, no nos privamos de retratar estrellas y planetas con el telescopio de última generación que el hotel deja a nuestra disposición.

Llega un momento en que hay que controlar la ansiedad e ir a descansar. El cuarto huele a hierbas y las velas andinas de ceras naturales despiertan otros sentidos. A pesar del cansancio, tienta la posibilidad de asomarse para mirar de nuevo las montañas circundantes y la selva por la que serpentea el río Urubamba. Vale la pena restarle horas al sueño.

Por Celina de la Iglesia

TIPS
GPS: entrada a la ciudadela de Machu Picchu
Distancias: a 112 km de Cusco.
Cómo llegar: desde el aeropuerto de Cusco dirigirse hacia el pueblo de Ollantaytambo, ubicado a 80 km al Noreste, donde se toma el tren hasta Machu Picchu. El trayecto demora poco menos de 2 hs y el pasaje se debe comprar con anticipación en Perú Rail www.perurail.com/en. En Machu Picchu se debe tomar un bus hacia la ciudadela.
Web: www.sanctuarylodgehotel.com
E-mail: reservas@peruorientexpress.com.pe
Tel: (5184) 984 816 956 o (511) 610 83 00


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios