Eleonora Cassano
"Conocí la Torre Eiffel, la quinta o sexta vez que fui a París"


Durante un break en los ensayos de Tango de burdel, salón y calle en el teatro Maipo, la embajadora de la danza clásica argentina e inolvidable partenaire de Julio Bocca repasa más de 30 años de una trayectoria que la llevó por todo el mundo. En este recorrido, no faltan las anécdotas junto a Julio y Lino Patalano –su productor– y los recuerdos en familia junto a Sergio Albertoni –su marido y mánager del Ballet Argentino– y sus hijos: Tomás, de 14, y Julieta, de 7.


E leonora Cassano está sentada, descalza, en un momento de descanso luego de una jornada de ensayo. En una salita al costado del hall de entrada del teatro Maipo mira de reojo a su amigo y casi hermano Julio Bocca, que la acompaña virtualmente, desde una

gigantografía en blanco y negro. Juntos, los bailarines argentinos más prestigiosos de las últimas décadas lograron alcanzar una madurez sorprendente. A fuerza de giros y saltos de ballet, deslumbraron al mundo en escenarios de los cinco continentes.
Eleonora no logra precisar cuántas cientos de veces bailaron juntos el ballet de Don Quijote, un hit de la dupla de artistas, pero entre sus recuerdos más imborrables, aparece la última vez que lo interpretaron en el teatro Ópera en 2005, cuando Bocca decidió alejarse de las tablas.

CUANDO LA VIDA ES ARTE

Faltan apenas algunos minutos para que Eleonora empiece a desandar los recuerdos de viaje durante los Festivales de Danza Internacionales en los que participó en lugares muy remotos, junto a anécdotas más pequeñas traídas de las reiteradas visitas a la familia de Lino Patalano en Gatea, un pueblito soñado de Italia, donde jugaban a descender con sus amigos por las laderas de postal. Desde allí, llegaban hasta las playitas al borde del Adriático, para descansar y disfrutar, más tarde, de los platos típicos con los que los agasajaban las tías y las abuelas.
Ahora Eleonora va a recordar aquella vez, cuando atravesó dormida un gran incendio forestal en un auto sin enterarse, en pleno campo, en Europa, y también aquella tarde, cuando bailó en uno de los balnearios exclusivos de la costa italiana, en Amalfi, con los pies al borde del agua y por supuesto, esa noche, en la que supo que estaba viviendo un momento único, plantada sobre un escenario rodeado de árboles en medio de La Alhambra, España, en el corazón de Granada.
“Yo había visitado Andalucía hacía muchos años con mi marido y mi hijo Tomás, que era chiquito, pero esta vez pudimos volver con Julieta. Desde hace un tiempo estamos haciendo el espectáculo Tango de burdel, salón y calle, con Cecilia Figaredo y los integrantes del Ballet Argentino, y en las giras visitamos países como Finlandia y Túnez, y otros más cercanos, como Paraguay y Colombia. En octubre volvemos a salir de viaje. Esta vez vamos a estar en España e Italia, en Marruecos, en Israel y Turquía”, cuenta la bailarina con voz mansa, tranquila y sin apuro.

- ¿En qué países te sentís más a gusto?

¡En Italia! Debe ser mi sangre italiana, cuando estoy ahí, me gusta todo: la comida, el clima, la gente. También me encanta España, donde cada vez me siento mejor, y en varios países de Latinoamérica donde al público se lo siente tan cerca y es tan cálido. La comida es una de las cosas que más me atrae. Pensando en Italia, disfruto sólo de pensar en esas pulperías chiquitas de los pueblitos donde sirven esos platos de pulpitos y pescados recién salidos del mar.

- Eleonora, ¿qué más te posibilitaron los viajes?

Viajar te abre la cabeza en muchos sentidos. Viajando podés tomar contacto con gente con costumbres muy distintas de las nuestras, como pueden ser los noruegos o finlandeses, entre tantos otros lugares. Estando en Finlandia era muy apasionante ver cómo vivían, qué comían, cómo se divertían o cómo se relacionaban, y claro, pensar cómo sería vivir en un lugar en el que no se hace de noche nunca. ¿Cómo será irte a dormir sin que se haya ido la luz? Viajar me ha permitido descubrir lugares maravillosos. En el último viaje, por ejemplo, estuvimos en las Cuevas de Nerja, en Málaga. Bailamos dentro de esas cuevas prehistóricas, a unos 150 metros bajo el nivel de la tierra. En el lugar vivían los cavernícolas y está lleno de estalactitas y estalagmitas. Sólo pensar que pudimos bailar en ese lugar me hace volver a sentir la sensación de estar ahí abajo...

- ¿Algún otro recuerdo imborrable?

Uno de los momentos más lindos de mi vida lo viví en Ushuaia, bailando al aire libre por el cambio de milenio. Estar ahí, inmersa en ese paisaje y en esa fecha tan especial, sabiendo que se iba a televisar en todo el mundo, fue muy mágico, muy emocionante. Hacía tres grados bajo cero y yo estaba con un vestidito… Cuando empezó la música, se me encendió algo adentro. El frío era espantoso pero fue conmovedor. No sé si es porque estoy pensando en despedirme del ballet clásico, pero ahora siento una conciencia mayor cuando viajo a esos lugares y trato de transmitirles ese disfrute a mis hijos, que vienen de gira conmigo. Mi hijo Tomás ya pudo conocer 13 países y pasó toda su infancia viajando, yendo y viniendo. Las vivencias que le aportaron esos viajes son impagables. Ahora me tengo que ir por 40 días y no puede tomarse tanto tiempo en el colegio, pero al menos voy a llevarmelo unos 15 días. Julieta sigue viajando con nosotros.

- ¿Cómo ha sido unir vocación, trabajo y familia en todos estos años?

A esta altura tengo claro que no puedo hacer una cosa sin la otra. Si no hubiese podido estar cerca de mis hijos, no hubiera podido viajar tanto. Yo necesito tenerlos cerca, no puedo alejarme demasiado. Puedo irme unos días, pero después empiezo a sentir que me descargo, me pincho y no hay nada que lo compense. Mis hijos son mi carga de energía: si no están, me agarra una tristeza tremenda. Por suerte Sergio, mi marido, está siempre conmigo, y creo que somos un buen equipo… Somos muy distintos: él es más racional, organizado, y yo soy todo lo opuesto. Siempre fui puro impulso. Cuando tengo ganas de hacer algo, me cuesta parar a pensar, sólo voy y lo hago.

- Igual se te ve con los pies bien en la tierra y descalzos dentro de lo posible, ¿no?

Sí, estoy descalza todo lo que puedo (sonríe) Me gusta sentir el piso... Son esas cosas medio raras que tenemos las bailarinas. Igual, volviendo a lo de antes, yo sé que tal vez se me ve muy equilibrada y dócil, pero tengo mis momentos, también puedo ser una chica de armas tomar, ¿eh?

- Pasaron más de 20 años desde que bailaste por primera vez con Julio Bocca en Venezuela. Luego de varias décadas de danzar y girar por el mundo, ¿te quedan muchos sueños pendientes?

¡Sí!, ¡Llevar a mis hijos a Disney! (se ríe) Tuve la suerte de ir varias veces, pero a ellos todavía no los llevé. Tengo que ir pronto porque si no, no voy a animarme a subir a las montañas rusas con Tomás y Julieta. Ellos todavía pueden disfrutar mucho de los muñecos y de los juegos. Fuera de esos lugares, me gustaría poder tomarme más tiempo para visitar otros lugares bellos del mundo y de nuestro país. Estuve muchas veces en Salta, por ejemplo, pero nunca pude recorrer bien algunos lugares lindísimos del interior de la provincia. También me gustaría pasar un tiempo en Córdoba y disfrutar de la tranquilidad de las sierras. Estoy planeando retirarme del ballet clásico en 2011, pero quiero seguir haciendo espectáculos con distintas músicas. Yo no voy a hacer como hizo Julio, que se bajó del escenario y no se subió más.

- ¿Qué más te gusta hacer cuando no trabajás?

Cuando nos vamos de vacaciones, busco esa sensación de no tener responsabilidades. Necesito sentir que puedo no hacer nada… A la hora de descansar, me gusta estar con los chicos, cocinar, compartir con los amigos, despejar la mente y renovar las energías.

- Con tu marido, Sergio, tienen una casa en Villa Gesell…

Sí, es nuestro refugio, nuestro lugar. Cuando volvimos de la gira por España y Túnez nos fuimos unos días para allá. Nos hace bien pasar unos días en esa casa del Barrio Norte de Villa Gesell donde se vive como vivíamos en otras épocas y los chicos pueden jugar en la calle, con los pies en la arena. En Buenos Aires vivimos en Padua, en la provincia, y ahí tenemos que tener más cuidado. Cuando estamos en Gesell, por ahí nos sentamos a jugar con los chicos o miramos películas, dejamos que el tiempo pase… También cocinamos mucho. Nunca necesité algo muy especial para relajarme. Sólo necesito estar con mis afectos y saber que no tengo nada que hacer. De otra manera se me empieza a complicar y no termino de desenchufarme.

- Cuando estás en el escenario, ¿te pasa de sentir que te vas bien lejos? ¿También viajás bailando?

Bueno, depende de los personajes que tenga que interpretar. Bailando tango no viajo tanto porque el baile es muy a tierra y el sentir pasa por lo interno y por la conexión con el otro. Bailando clásico, en cambio, me voy a distintos lugares, y eso depende de cada interpretación. Con lo clásico entro en una especie de burbuja porque de pronto estoy interpretando un cisne, una gitana o a una bella durmiente. Ahí entro en mi mundo y no soy tan consciente de lo que pasa afuera. No tengo contacto visual con el público pero puedo sentir que lo que me pasa llega a los espectadores. Con el tango, con el music hall, y con el jazz, lo que se transmite es totalmente distinto. Tenés que enfrentar a la gente, a la audiencia, hacer más contacto visual.

- Si tuvieras que elegir una anécdota de viaje con Julio Bocca, ¿cuál de todas recordás especialmente?

Con Julio nos hemos subido a avioncitos para ir de Colombia a otro lugar que eran una miniatura y corrimos algunos peligros… cuando éramos más jóvenes hacíamos locuras... La primera vez, tenía veintipico de años. Hace cuatro meses, íbamos a dar un curso con Julio y nos mandaron en otro avioncito de la gobernación y esta vez no pude subirme. La avioneta tenía cuatro asientitos, era como un Fiat 600 con alas, y yo me quedé. Por suerte Julio fue y cumplió con el compromiso pero yo no pude. Con los años la cabeza te va cambiando, ahora tengo hijos, tengo que volver sana y salva a mi casa...

- Además de la trayectoria que te une a él, ¿cómo es la relación entre ustedes después de tantos años?

Con el tiempo se fue generando una amistad muy fuerte, porque yo estaba con Julio a veces más tiempo que con mi marido. Desayunábamos, almorzar, viajábamos todo el tiempo, nos subíamos a los escenarios... Compartimos mucho y tuvimos la suerte de elegir bailar juntos. Julio es un ser que adoro, nos conocemos tanto que también hemos tenido nuestros roces, nuestros momentos... Yo tomé una actitud con él que lo cuidaba como a un hermano. “No comas esto, no tomes lo otro”. Desde que se retiró pensaba que lo iba a tener más cerca, pero se fue a vivir a Uruguay. Igual sabe que siempre lo esperamos en casa para comer juntos. Me gusta cocinarle y es muy cariñoso con mis hijos.

- Después de haber viajado tanto y haberte hospedado en los mejores hoteles del mundo o haber compartido comidas con grandes personalidades ¿Qué es el lujo para vos?

El lujo para mí es encontrar momentos de disfrute en los que me pueda sentir en paz. El lujo no me pasa por lo estruendoso o pomposo. Durante los viajes por trabajo, disfruto cuando me dan esas suites bellísimas con mucho espacio y confort, pero también soy consciente de que yo no vivo así... En México me dieron una suite que tenía ciento y pico de metros cuadrados y era una cosa impresionante, una exageración. En mi vida de todos los días, soy más bien austera, trato de disfrutar de las cosas más pequeñas. Cuando viajo por trabajo, me toca estar en lugares de un lujo increíble, pero los tomo como lo que son, situaciones extraordinarias. Yo en el mismo mes, puedo ir a comer al restaurante Pippo con mi familia con mantel de papel y disfrutar como loca, o comer en un castillo con cinco cubiertos, como me pasó hace poco, y sentirme feliz. En el último viaje estuvimos en Carcassonne, una ciudad amurallada que está ubicada en el límite con Francia y cenamos dentro de un castillo, invitados por la princesa del lugar. El menú era de otro mundo… Había jamones súper exóticos, fiambres ahumados, patés y otros manjares como las angulas, unas lombricitas de mar que son una delicia. Disfruto mucho de momentos como esos, pero también puedo disfrutar de lugares mucho más simples.

- ¿Sos de viajar de manera planificada o te gusta llegar y perderte en las callecitas?

Prefiero perderme y sorprenderme, no me metería nunca en un tour. Si tengo ganas de ir a un lugar en particular, voy y lo conozco, pero evito los horarios fijos o los programas armados, las cosas muy establecidas no me gustan. Me sorprenden las cosas nuevas y espero que me siga pasando siempre si tengo la posibilidad de seguir viajando. Tal vez sería mejor viajar sin bailar porque muchas veces estoy en lugares y no puedo ver nada con detenimiento. Por ejemplo, conocí la Torre Eiffel, la quinta o sexta vez que fui a París. En otros viajes sólo iba del aeropuerto al hotel y del hotel al teatro... En general, adonde voy, trato de descansar bien y suelo dormir la siesta… Yo veo a los chicos de la orquesta que salen y hacen vida más nocturna y después al otro día están bien, pueden tocar. Yo si salgo no puedo bailar. Igual nunca fui muy trasnochera.

- Siendo bailarina, con todo el rigor y la disciplina que eso implica, ¿tuviste que privarte de algunas cosas en el camino?

No, yo no siento que haya tenido que privarme de las cosas que más me importan. Agradezco haber encontrado el tiempo para casarme y ya llevo casi 25 años de matrimonio. Con Sergio pudimos disfrutar de las diferentes etapas: pude viajar con él, desarrollar mi carrera y llegar a un buen nivel como bailarina. Pasados los 30 años, tuve una necesidad interna muy fuerte de ser mamá y ahí también tuve que poner límites porque si seguía bailando con Julio por todo el mundo, no iba a parar más. Siempre pude hacer elecciones personales. Y siempre me gustaron los desafíos. En mi carrera no me quedé solo con el ballet, también hice teatro, televisión, canté, participé en espectáculos en los cuales hacía tap, zapateo americano, bailé tangos e interpreté a Eva Duarte, un personaje que me dio muchas satisfacciones actorales. El tiempo dirá qué viene por delante, pero yo estoy muy satisfecha, lo importante es poder disfrutar siempre de lo que uno hace.

Por Agustina Rabaini - Fotos: VIOJ-F


ROOMIN Nº15

Viajes Extraordinarios